Pedro Sánchez en el Paraíso de los estrategas

Se prepara una nueva entrega de los Juegos del Hambre…

El resultado electoral que acaba de cosechar Pedro Sánchez es el puñetero Paraíso de los estrategas. Si lo gestiona bien, puede permanecer cuatro años en la Moncloa sin mayores esfuerzos, cabreando a un número no desproporcionado de sus votantes. En eso consiste precisamente el Paraíso.

La investidura no tendrá ningún problema. Harán el paripé y callarán hasta que pasen las elecciones municipales y autonómicas, que son las que verdaderamente interesan a los Partidos, porque ahí es donde se reparten los servicios de limpieza, los contratos de los hospitales y los bares de las piscinas, pero pasado este trago, Sánchez tendrá que limitarse a elegir entre Podemos y Ciudadanos.

Lo normal es que se decante por Podemos y que le ofrezca la sangre de cien vírgenes a los separatistas. Da igual. Un referéndum, un relator o una parcela en la Tierra Media.

Con el ejecutivo en sus manos, y cuatro carguitos repartidos, le tocará gobernar, y aquí está la gracia: podrá gobernar cumpliendo justa y exactamente lo que le dé la puta gana de lo pactado con Podemos y los separatistas. De lo prometido, la mitad, y de esa mitad, a la práctica, lo justo. Y si chilláis muchos, ya me aprobará Ciudadanos los presupuestos y nombro un ministro naranja a media legislatura, para que aprendáis.

En todo momento va a disponer de dos opciones: la morada y la naranja. Y el que sep pase pidiendo, acaba en la calle.

Podemos se ha metido un batacazo considerable y necesita convencer a sus votantes de que va a poner en valor sus escaños. Ribera sabe que es su ocasión para liderar la derecha, tras el desastre del PP.

Un ejemplo: Subimos los impuestos un 10% a las rentas de más de 60.000 € dice Podemos, por ejemplo. El PSOE, que sabemos quién es, ofrece subirlos un 3% a las rentas de más de 80.000. O lo tomas, o me voy con Ribera. ¿Quieres aparecer tú como el adalid de la redistribución o que aparezcan lso naranjas como quienes consiguieron moderar la subida?

Y como eso, todo. Migajas para los nacionalistas, gestos para la galería, pero la monarquía no se debate, el referéndum no se concede, la reforma laboral del PP no se revierte. A Franco se le desentierra, a las feministas se las riega de millones para que sigan por ahí enseñando las tetas en señal de protesta, pero la cartera de los ricos ni tocarla.

Y si no os va bien, coalición encubierta con Ribera.

¿Alguien duda de que el poder financiero internacional ya está trabajando en este escenario? Y si algo va mal, la culpa es de esos rojos de mierda, como siempre. Les ha salido redondo.

 

 

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Como anda la cosa en el sector de los teleopreadores (carta desde la experiencia)

Vete preparándote

Esta carta me ha llegado de una persona que conoce bien el sector… Os dejo en sus manos.

Interesante… la cosa venía de un artículo sobre “El call center como lugar de control y resistencia”

No estoy del todo de acuerdo porque hay diferencias importantes con el caso del telemarketing en una ciudad pequeña, por ejemplo.

Comparto totalmente el hecho de que las nuevas tecnologías traen una nueva y más exhaustiva forma de control sobre los procesos y sobre los trabajadores. Una fórmula y unos instrumentos, que llegan a ser asfixiantes. Al ojo humano se le pueden pasar por alto errores o malos hábitos que a los controles tecnológicos no se le pasan. El tiempo está medido en segundos, segundos que una máquina mide y contabiliza minuciosamente.

Y esas herramientas tecnológicas, en manos de los superiores, se convierten en elementos de coacción. Si, así, con todo lo mal que eso suena.

Nunca he asistido a despidos a media jornada, pero sí a recriminaciones a gritos en mitad de un pasillo. Todos los que conocemos estas empresas, hemos asistido a escenas donde las malas maneras protagonizan el momento. La forma importa. Una demostración de poder hacia el peón de la producción. El poder que a los superiores le dan esas herramientas. Correcciones cargadas de datos que refrendan el error cometido.

No deja de ser la eterna lucha de castas. Una minoría que tiene, y exhibe, en sus manos los instrumentos para dominar a una mayoría. Escribiéndolo, me parece una analogía curiosa e, incluso, cruel.

Y tampoco es algo exclusivo de este tipo de empresas. Es, desgraciadamente, la fórmula que el patrón suele usar para mantener a raya (¿?) a sus empleados.

Mantengo, como sabes, que la pieza básica de la producción es, precisamente, el escalón más bajo. Por tanto, a este se le debe un mayor respeto y la facilitación de una mejora tanto en los procesos como en las condiciones de trabajo.

Hablo de respeto. Alguien que no conozca alguna de estas empresas, pensara que no es complicado sentarse y hablar por teléfono durante ocho horas (con suerte, porque los nuevos contratos no contemplan apenas trabajadores full time, sino que apuestan por trabajadores part time, lo que lleva a ese otro problema que es la aparición de una nueva clase social, esa que aún teniendo trabajo sigue rozando el umbral de la pobreza. Pero esa es otra discusión).

Me he ido. Vuelvo. Hablaba de respeto. Ocho horas al teléfono supone hacer oficio de psicólogo, asesor comercial, técnico de nuevas tecnologías, gurú de nuevas tendencias…, vendedor de humo, en definitiva.

Todo esto de cara al cliente. Hacia dentro, la parte que no se ve, que no se conoce, estar al teléfono ocho horas supone capacidad de escucha, capacidad de aprendizaje, rapidez en la asimilación de nuevos conceptos o procesos de trabajo, un conocimiento importante de informática, control de los tiempos (pausas, respiraciones e, incluso, suspiros del potencial cliente), aplicación de técnicas de marketing, capacidad de adaptación a cada persona con la que se habla a través de un auricular (hay que tener en cuenta que, como sabemos, cada persona es un mundo, y que por cada hora al teléfono pasan una media de doce mundos). Y aún hay más, mucho más…, unos objetivos a conseguir, bien sean ventas por hora, gestiones finalizadas por hora, clientes tratados o su madre en bicicleta. Amén de la agonía, en muchas ocasiones, de tener detrás a un arreador profesional (sabes que no estoy echando balones fuera) que, parapetado en unas estadísticas, exige más, cada día más, con unas maneras no siempre acertadas.

Ah, faltaba algo fundamental: alta tolerancia al estrés, lo que en romano paladín viene siendo “tener las espaldas anchas”, y que pocas empresas del sector tienen en cuenta a la hora de ofrecer formación o reciclajes a sus empleados, al menos, nada que vaya más allá del papel mojado. Me explico, todas estas empresas tienen sus programas y sus certificaciones de riesgos laborales en las que se incluye este tema, nada baladí. Pero pocas veces se ve una empresa que invierta en ello realmente, no hay talleres de técnicas para gestión de estrés, apenas unos folletos en una mesa de un office o unos papelotes de mayor tamaño colgados en una pared para leer fuera del tiempo de trabajo, no hay una preocupación ni una formación real y adecuada para gestionar ese estrés acumulado.

Vuelvo e insisto en el respeto. Un trabajador con estas características es un trabajador altamente cualificado, en esto estoy de acuerdo también con lo dicho por Woodcock en su estudio,que se merece el mayor de los respetos. Respeto social y el destierro de esa idea arraigada de ser un trabajador inferior o poco cualificado, una clase, socialmente, más baja. Y respeto por parte de la empresa hacia sus propios trabajadores, hacia sus productores; ni siquiera se trata de un tema cultural, social o humanista, es economía pura, es gestión de los propios recursos.

Ese respeto empresarial se debería traducir en la mejora tanto en los procesos como en las condiciones de trabajo. Lo he dicho antes ya, pero lo creo firmemente.

Mejorar los procesos, invertir en nuevos procesos que faciliten la gestión del operador. Y pongo un ejemplo, uno de los muchos que se pueden encontrar: vemos a trabajadores que necesitan, en una sola llamada, utilizar hasta ocho aplicaciones informáticas diferentes; una inversión, tal vez elevada pero con perspectiva de recuperación, en el desarrollo de una aplicación que agrupe varias de las funcionalidades requeridas, ni siquiera todas, redundaría en una mayor eficacia a la hora de gestionar esa llamada, redundaría en los tiempos de gestión de esa llamada (los tiempos de gestión de las llamadas son un medidor de eficiencia fundamental para estos centros de trabajo, un caballo de batalla habitual).

Vale, que no hay pasta para desarrollar una nueva aplicación: inversión para mejorar las existentes. Buena parte de las aplicaciones que se utilizan nacen de una necesidad específica de los años en que se inicia este tipo de negocio, con una capacidad limitada, amplia incluso, para las necesidades de esos inicios; han pasado los años y ha crecido exponencialmente el número de variables y eventos que soportan esas mismas aplicaciones. Resumiendo, no tienen capacidad suficiente, lo que deriva en lentitud extrema en su funcionamiento (cuando no la caída de las mismas), lo que supone largas esperas que el cliente soporta y de las que desconoce el motivo; resultado, insatisfacción del cliente (otro de los grandes medidores actuales de la eficiencia de estas empresas y otra fuente de disgustos habitual).

Mejorar las condiciones de trabajo. Que no, que no hablo de subidas salariales, que demandamos todos y que serían siempre bien recibidas. Hablo de sillas ergonómicas en perfecto estado, con revisiones periódicas y cambio inmediato en caso contrario; hablo de una temperatura adecuada, sin someter a los trabajadores a estrés térmico (conozco a gente que si no está a 30º y con cuello alto, ya no se encuentra a gusto), sin cambios bruscos de temperatura; hablo de evitar problemas de salud, lumbalgias y afonías, poco importantes sí, pero con un alto impacto en el absentismo laboral, de nuevo hablando de números e ingresos.

Tal vez hablo de grandes cambios, inasumibles económicamente por estas empresas, tal vez. Habrá entonces que volver la vista a las empresas japonesas, al estado en el que se encontraban tras finalizar la Segunda Guerra Mundial y su desarrollo posterior, habrá que aplicar kaizen, habrá que apelar a Manitu…, habrá que hacer algo.

La segunda cuestión que trata el estudio es la resistencia obrera y sus formas en un call center. Woodcock (¿¿en serio se llama así el tipo??), habla de evasión de los tiempos de trabajo, pequeñas trampas para evitar coger llamadas durante las ocho horas, absentismo y rotación de personal.

Vamos por partes. Hay que partir de una premisa, dolorosa pero cierta. En nuestro país se “evaden” tiempos de trabajo tradicionalmente, sea en este o en cualquier otro sector. Esa evasión de la que él habla trata de pequeñas pérdidas de tiempo para no trabajar. Es cierto que incluye en esa evasión el absentismo, pero salvo ese absentismo, que es la no asistencia, me inclino a pensar que este es un sector donde menos evasión de tiempos hay. La razón es simple y redunda en lo dicho al comienzo: los tiempos de trabajo son controlado tecnológicamente; en otros sectores la pausa del café de 15 minutos puede “alargarse un poco” (ni vamos a mentar a la Administración Pública); en estos centros, la pausa del café de 15 minutos es de 15 minutos, no de 15 minutos y 10 segundos. La acumulación de excesos de tiempo de descanso lleva, dependiendo de la empresa y su severidad en la aplicación del convenio existente, al decremento proporcional en el salario a percibir a final de mes. En un mundo en el que el tiempo lo rige casi todo, los segundos importan y mucho.

Cierto, que hay otras maneras de “evadir” los tiempos al teléfono y que se usan. Cierto, también, que hay un porcentaje de absentismo que responde a fraude y mi postura, que conoces, es muy crítica al respecto (mantengo que en este país todos somos ladrones, tan ladrón es el que mete la mano en el cajón y se lleva los folios como el que mete la mano en el cajón y se lleva millones, lo que cambia es el contenido del cajón y el acceso que se pueda tener al mismo, no la intención).

Pero discrepo en la intencionalidad de esa evasión. No veo rastro de resistencia obrera; veo beneficio propio e individual sin más pretensión que trabajar un poco menos de tiempo y seguir alimentando el tópico de este nuestro país, sin entrar en consideraciones acerca del tipo de beneficio que se obtiene, si es una cuestión de responsabilidad personal o si es, en algunos casos, necesario.

Otra cosa es la organización de esas evasiones. Si están organizadas se llaman paros, están liderados y convocados sindicalmente y están reglados. Luego, las pequeñas artimañas para evitar trabajar (“escaquearse”, romano paladín de nuevo, más claro y conciso) no creo que puedan tener la consideración de resistencia obrera.

Lo mismo aplica al absentismo. Distingo dos tipos, aunque ambos son para beneficio propio; el necesario, que podría reducirse atendiendo a lo expuesto antes y del que se podría seguir discutiendo, y el fraudulento. Distinta motivación, mismo resultado; un lucro personal amparado por la legislación, aunque con matices éticos en la distinción que yo planteo.

Por último, el tema de la rotación de personal. Es cierto que está favorecida por las propias empresas, los trabajadores se sienten en un período de prueba constante. Un despido en este caso no supone ninguna carga económica para la empresa, ni siquiera legal. Elementos como el período de prueba o los contratos por obra y servicio, entre otros, sustentan despidos a la carta y una flexibilidad empresarial que difícilmente se podría alcanzar con otras figuras legales.

Es cierto que la precariedad que generan estas prácticas, tanto por la incertidumbre como por la presión que conllevan, desemboca en un peor desempeño del trabajo, un trabajo más descuidado y menos responsable.

Si es más rentable económicamente, o no, para las empresas mantener a trabajadores de forma estable o animar la rotación en detrimento de la calidad del trabajo es harina de otro costal. Hay argumentos en ambos sentidos y no es de lo que tratamos ahora.

El hecho es el que es: hay rotación. Fomentada por las empresas y aceptada como práctica por los trabajadores, que utilizaban estas empresas como puente mientras se cruza un rio: estudiantes que buscan pagarse los estudios o los vicios (allá cada cual) hasta finalizar los estudios y poder trabajar en su sector, personas que buscan un complemento al salario que ya hay en la unidad familiar, en fin, gente de paso.

Y esto era así tradicionalmente, hasta ahora. Y hasta aquí.

Entran en escena dos variables, a saber, crisis económica y localización.

Con la crisis económica acaecida en los últimos años, este sector deja de ser un puente o un complemento. En muchos casos es el único ingreso de la unidad familiar y, en otros muchos, aún sin ser el único es necesario para el mantenimiento del status.

Por otra parte, no hay que perder de vista que este es un sector que ha ido crecido en los últimos años y que se ha mantenido a pesar de la crisis, por lo que ha cambiado su posición en el mercado laboral: acuden trabajadores de primer empleo que lo ven como salida laboral y desempleados por la crisis que se incorporan a este sector que, a pesar de todo, se va manteniendo.

Desconozco si las empresas mantienen su afán de rotación; los trabajadores, no.

Si a este mismo argumento, le añadimos una ciudad pequeña, donde no hay industria ni un sector servicios sólido, donde no hay generación empleo de ningún otro tipo y los cierres de empresas se van sucediendo uno tras otro, el sector del telemarketing apoya con fuerza el sostenimiento de la economía de la ciudad e, incluso, de la provincia.

Si, además, hay una universidad que tiene dos virtudes para este sector, la de proveer de fuerza de trabajo joven y la de cargar con la mitad de los costes de cualificación…., pues eso, que estamos en donde estamos y que nos vemos en los bares.

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Woody Allen y la honestidad pública

Que pensaba yo que éramos muy modernos y muy sesudos con eso de discutir si un hombre puede o no casarse con la hija de su esposa (sin ser hija suya), y resulta que eso que hizo Woody Allen y que lo dejó retocado de imagen para ciertos grupos, ya está contemplado en el derecho romano primero y luego por el canónico, con profusión de citas, casos, ejemplos y jurisprudencia.

Y que resulta que lo tratan mejor que nosotros, con más atención a la naturaleza humana y, puede que con menos argumentos humanistas, pero con menos sensacionalismo.

Os dejo con ello:


El impedimento por pública honestidad es un impedimento matrimonial que consiste en una relación surgida de un matrimonio válido, y que es nulo.


Huellas de tal impedimento se encuentran, bajo otro nombre, en el derecho romano. Según Modestino (D. XXIII, II, 42, De ritu nuptiarum), las personas al casarse no sólo deben poner atención a lo que es legal, sino también a lo que es eminentemente conveniente. De ahí que en el derecho romano la afinidad surgida de un matrimonio válido, consumado o no, constituía un impedimento dirimente entre los afines de todos los grados en línea directa, y en segundo grado (según el método civil de calcular los grados) en línea indirecta u oblicua. Además había una cuasi afinidad que, para salvaguardar la moral pública, hacía nulo el matrimonio realizado: (1) entre un varón y su hija adoptiva o una mujer y su hijo adoptivo; (2) entre una mujer y el hijo o padre de su esposo, o, recíprocamente, entre un varón y la hija o madre de su esposa (D.XXIII, II, 12 y 14); (3) por último, entre personas afines por concubinato (bc. Cit. 14 y D. XXIII, X, 7).

La Iglesia, siguiendo esta legislación, hace suyo un impedimento que, a sus ojos, es algo exigido por la decencia pública y la moral correcta. La relación carnal, según el derecho canónico, lícito o no, es el principio de la afinidad. En el derecho romano este principio lo constituye el matrimonio válido, consumado o no. Es por ello que la honestidad pública a veces coincide con la afinidad de los romanos y a veces con su cuasi afinidad.  El impedimento de honestidad pública surge de unos esponsales válidos entre un varón y las parientes consanguíneas de primer grado (madre, hijas, hermanas) de la mujer y, respectivamente, entre una mujer y los parientes consanguíneos del mismo grado del varón (padre, hermanos, hijos). (El canon 1093 del Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II en 1983, dice: “El impedimento de pública honestidad surge del matrimonio inválido después de instaurada la vida en común o del concubinato notorio o público; y dirime el matrimonio en el primer grado de línea recta entre el varón y las consanguíneas de la mujer y viceversa”). Una vez que surge, ese impedimento subsiste siempre, aunque el matrimonio sea declarado legalmente disuelto (Cfr. Esponsales). Conviene hacer hincapié en que, para que sean válidos, los esponsales deben (Cfr. “Ne temere” de Pío X) quedar registrados por escrito, y estar firmados por ambos contrayentes y por el ordinario, o por un párroco dentro de su territorio, o por dos testigos. Si alguno de los contrayentes está incapacitado para escribir, debe añadirse un testigo más. Si las nupcias se celebran condicionalmente, el impedimento no tiene vigencia hasta que no se realice la condición.

Segundo, por una razón mayor, este impedimento surge a partir del contrato de matrimonio, aunque no quede perfeccionado por la relación carnal, y aunque el matrimonio quede invalidado, a menos que la invalidez se deba a falta de consentimiento legal. La decencia pública da paso a la afinidad a partir de la relación carnal y, si bien hay quien niegue esto, todos admiten que basta que en una solicitud de dispensa se exprese el impedimento de afinidad, mientras que se sobreentiende la decencia pública, si aún existe.

Este impedimento no se origina en el matrimonio civil (S.C.C 17 de marzo, 1879), ni la honestidad pública puede dar lugar a un segundo impedimento que perjudique un matrimonio anterior. O sea, un matrimonio contraído (a menos que haya sido consumado) con la madre, hermana o hija de un cónyuge no impide que uno guarde su promesa a esa persona. Como el impedimento de afinidad es de origen eclesiástico, la Iglesia puede dispensarlo, y no afecta a las personas no bautizadas, aunque ellas puedan después hacerse cristianas. La dispensa de “disparidad de culto” también incluye la de honestidad pública, pues la parte bautizada lo requiere. Por último, es evidente que este impedimento puede afectar a la misma persona varias veces cuando, por ejemplo, algún varón fuera a contraer matrimonio con varias mujeres emparentadas consanguíneamente en primer grado.

GASPARRI, De Matrimonio (París, 1904); SLATER, A Manual of Moral Theology, II (Nueva York, 1908), 306; y todos los manuals de Derecho Canónico.

A.B. MEEHAN
Transcrito por el Instituto Claremont
Traducido por Javier Algara Cossío

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¿A quién le han aplicado el 155?

Hasta los ángeles se descojonan

Para teatro, la verdad, prefiero a Tirso de Molina y su don Gil de las calzas verdes. Los actores del drama que vivimos en España son muy malos, y el autor todavía peor, me parece, sin un diálogo que valga la pena. Se libra acaso la puesta en escena, aunque sea un poco de segunda categoría, con escenarios devaluados y enfoques surrealistas.

Porque la cosa va de eso. Puro teatro.

Rajoy aplica el artículo 155 de la Constitución. Vale.

Pero los Mossos siguen mirando para otro lado en los actos independentistas. Cuatro gatos mal contados cortan las carreteras y toman como rehenes a miles de ciudadanos en las estaciones de tren y las autopistas, mientras las fuerzas del orden y el ministro el Interior dicen que hay que evitar provocaciones y no hacen nada para restablecer la ley. Para no hacer nada y evitar provocaciones no hace falta Policía: bastaba una asociación de jubiladas del ganchillo supervisando la movilización.

Se aplica el artículo 155, sí, pero en las escuelas se sigue diciendo que la Policía y la Guardia Civil van allí a matar a las personas. Se organizan manifestaciones infantiles, y hasta con muñecos de juguete para adoctrinar a los niños, y al único inspector de educación que lo denuncia se le expedienta.

Se aplica el 155 y se permite que, con dinero público, TV3 siga emitiendo proclamas independentistas sin llegar a reconocer en ningún momento, ni siquiera con la boca pequeña, que acata la autoridad del Gobierno y considera fallida la proclamada independencia.

Se aplica el 155 y se sigue dejando en sus manos, en suma, las calles, la educación, la policía y los medios de comunicación.

Y en el fondo es normal porque, si se analiza con cuidado, es obvio que el artículo 155 no se lo han aplicado a ellos, sino a nosotros. No tienen intención de que cambie nada, pero han tirado de esa maniobra para que nos callemos, para que nos consideremos satisfechos y para que no incordiemos más con nuestras banderas españolas y nuestras exigencias de justicia.

El artículo 155 no es contra los sediciosos catalanes, sino contra el resto de los españoles.

Y no se podía esperar otra cosa de Rajoy, ese anarquista que se presenta a las elecciones para que no gobierne nadie ni exista autoridad alguna.

Ni Durruti esperó nunca llegar tan alto.

 

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La otra rebelión

Blues…

Cuando creas que te has librado de la revolución de los hambrientos, nadie te librará de la revolución de los hartos.

Así de claro hablaban los hermanos Arkadi y Boris Strugatski en ciudad condenada, una de sus novelas más inquietantes… Y ya es decir, cuando se habla de estos dos.

La hora ha llegado: el sistema no se ve amenazado por hordas de pobres que toman las calles, rompiendo escaparates y asaltando supermercados. La democracia no se ve en peligro por masas proletarias que exigen sus derechos, ni por grupos de trabajadores mal pagados que convocan huelgas generales indefinidas. No hay nada de eso. Estamos ante la revolución de los tipos con sobrepeso, bien alimentados, con calefacción en casa y unas coberturas que jamás soñaron sus abuelos, votando a políticos que quieren acabar con esas coberturas, con esos derechos y con un contrato social en que todo el mundo se garantizaba unos mínimos.

Es la hora de los que nunca quisieron estudiar y ahora no pueden soportar que desaparezcan a toda velocidad los trabajos menos cualificados.Es la hora de la frustración de los que siguen siendo, en su interior, cazadores y recolectores, pero encuentran la comida en una estantería. Es el momento de las horas vacías y las fuerzas sin sentido, porque los pequeños problemas los cubre el Estado y los grandes quedan fuera de nuestro alcance, lo que hace inútiles casi todos nuestros esfuerzos. ¿Y qué pasa entonces con los que no tienen aficiones, ni han sido educados para el ocio? Que se frustran, se cabrean y arremeten contra lo que sea, en una especie de Club de la Lucha colectivo que lleva al poder a verdaderos energúmenos.

Los hambrientos, que siguen creciendo en número, probablemente vengan luego. Pero aún no. Es la hora de la revolución del Prozac, las curvies y los ombligos turgentes.

Y su furia es de temer.

 

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Cuestionario abierto sobre la renta básica

Al tratar este tipo de temas. tan llenos de ideología, lo más importante es qué tipo de preguntas se hacen. Las respuestas ya son parte de la opinión y la ideología de cada cual. pero las preguntas son cruciales.

Lo más importante, cuando está claro que en el futuro no habrá trabajo para todos, es preguntarse cómo se va a desvincular la renta del trabajo, y qué posibles implicaciones tiene cada opción . Seguramente una preguntas se excluyan a otras, dependiendo de la respuesta que se haya dado a las anteriores, pero esto sólo pretende ser una toma de contacto con el tema.

-1- La Renta Básica, ¿debe ser universal o sólo para los que se encuentren en situación de riesgo?

-2- ¿Debe pagarse de manera incondicional o condicionada?

-3- ¿Debe exigirse a los que la perciben algún tipo de contraprestación a cambio de ella?

-4- ¿Cual debería ser su importe?

-5- ¿Debería ser compatible con otras prestaciones y subsidios?

-6- ¿Debería ser sólo para los nacionales o también para los extranjeros?

-7- ¿A partir de qué edad y hasta qué edad debería percibirse?

-8- ¿Debería ser compatible con un empleo?

-9- ¿Cuánto costaría el modelo que tú planteas, después de responder las preguntas anteriores?

-10- ¿De qué modo deberían obtenerse los recursos necesarios para pagar kla cantidad que calculaste en el apartado anterior?

Gracias a todo el mundo.

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El sueño de conquistar Egipto

conquistaEl reino de Jerusalén era, o así se consideraba, una potencia de primer orden en el tablero de Oriente Próximo. Continuó, mientras pudo, la política de alianzas con los emiratos musulmanes disidentes como Damasco y, cuando esto no era posible, se convirtió en promotor de proyectos fantásticos. Amalrico (1162-1174), rey de Jerusalén, intentó cinco veces la conquista de Egipto.

Para coronar su sueño, tejió un intrincado sistema de alianzas políticas que implicaron a las fuerzas militares del Oriente latino, a Occidente –convocando una nueva cruzada– y al Imperio Bizantino. Lo extraordinario no es tanto la grandiosidad de su idea –que retomó san Luis con ocasión de la VII cruzada, de 1248-50– como el hecho de que estuvo a punto de hacerla realidad, tanto que obligó a Egipto a pagarle tributos y su ejército puso sitio, con escaso éxito, a Alejandría (1167), El Cairo (1168) y Damieta (1169). Amalrico no era un insensato. Su proyecto no trataba tanto de la conquista de Egipto como de evitar la formación de un Imperio musulmán que comprendiese Siria y Egipto y en el que se empeñaron, primero, Nured- Din y luego Saladino (1174-1193).

Las campañas egipcias de Amalrico pusieron fin a una época. Tras ellas, los Estados francos cayeron en una progresiva debilidad político-militar. Por eso, tras su victoria en Hattin (4 de julio de 1187), a Saladino no le resultó muy difícil situarse a un paso del triunfo definitivo. La toma de Jerusalén por Saladino, el 2 de octubre de 1187, constituye uno de los momentos culminantes de la historia del Oriente latino. En poco tiempo, el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y el condado de Trípoli fueron casi borrados del mapa, pero lo sorprendente fue que, en el transcurso de pocos años, se inició un proceso de reconquista, aunque el nuevo reino de Jerusalén no alcanzaría las antiguas fronteras y tendría que contentarse con un territorio limitado entre Jaffa y Beirut, privado de la antigua capital –ocupada de nuevo sólo por breve tiempo (1229-1244) – y además sin un auténtico dominio del interior. Los otros dos principados padecieron un reajuste similar.

El Oriente latino se transformó en un mundo más complejo, que proyectó sus intereses hacia el reino armenio de Cilicia –llamado Pequeña Armenia– y hacia el rico reino de Chipre. Por una parte, las ayudas de Occidente, en forma de nuevas expediciones militares y, por otra, la renovada unidad de las fuerzas más emprendedoras del mundo oriental habían dado nuevo vigor a la iniciativa cruzada. Si la bizantina Chipre había sido una  conquista, esencialmente, del inglés Ricardo Corazón de León (1191) –que después de la Tercera Cruzada había considerado oportuno cederla a una familia del lugar, los Lusignan– en el caso del nuevo reino de Cilicia. Fue decisiva la decisión del soberano armenio León de reconocer la supremacía del emperador de Occidente (1198), para formar con los francos un frente común contra musulmanes y bizantinos.

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La otra verdad sobre las minas

minas            En los últimos años la minería se está viendo asaltada por multitud de problemas, desde los medioambientales a los económicos, pasando por la competencia exterior, pero hay uno, y muy grave, en el que  creo que no se pone la atención suficiente: el problema de imagen.

Para la sociedad de a pie, los mineros son unos tipos que se dedican a una actividad contaminante, ganan cuatro mil Euros al mes, y se prejubilan a los cuarenta años con tres mil euros vitalicios de paga. Pero la realidad es bastante diferente.  La visión de la sociedad sobre la minería está compuesta por un conjunto de tópicos y prejuicios que se han ido formando con el tiempo, muchas veces de manera interesada. Permitidme que les dé un repaso, sin pretenderme dueño de la razón, pero con argumentos más sólidos que simples habladurías:

—Hace muchos años, los salarios mineros y sus condiciones de jubilación eran muy superiores a la media, igual que eran superiores a la media el riesgo y la penosidad de su trabajo. Hoy, en cambio, hay mineros que bajan al pozo por mil o mil doscientos euros al mes, y se prejubilan, si pueden, con ochocientos euros escasos. Las cosas han cambiado a mal para todos, salvo algunas excepciones de todos conocidas. Y entre las excepciones no se cuentan los mineros.

—Parece una tontería, pero a la gente se le olvida, así que hay que repetirlo: sacar carbón no contamina. Lo que contamina es quemarlo. Y el caso es que en España hemos decidido dejar de sacar carbón, pero no hemos decidido dejar de quemarlo, porque las térmicas siguen abiertas y seguirán durante unas cuantas décadas. O sea que menos cuentos medioambientales con eso, porque los que piden, apoyan o toleran el cierre de nuestra minería, no ponen el mismo empeño en que se reduzcan las emisiones o en que se deje de quemar carbón extranjero.

—Hablando de emisiones, el CIUDEN tiene unos magníficos laboratorios y varios proyectos en marcha para estudiar los modos de reducir la contaminación. ¿Primero nos gastamos el dinero en I+D y luego nos llevamos la actividad a otro lado, con carbón foráneo? Si aquí tenemos el CIUDEN, trabajemos aquí, con el carbón de aquí, a ver si la investigación produce resultados que todos podamos aprovechar. Nuestra I+D es el carbón, que lo tenemos, o el plástico para invernaderos, que también tenemos, y no el chip de silicio, que lo fabrican los coreanos.

—La pelea entre Gobierno, eléctricas y mineros, tiene poco que ver con la rentabilidad económica de la minería. Las eléctricas tienen que acometer grandes inversiones para cumplir los nuevos límites de contaminación, y pretenden que el Estado, o sea todos, cubra todo o parte de ese desembolso. ¿Y cómo presionan las eléctricas? Trayendo carbón de importación, aunque sea a un precio igual o a veces superior al local, de modo que el problema se amplíe y entren en escena más sectores. Así es como en algunos sitios queman coque, el carbón más pobre y más contaminante, mientras dicen que el nuestro es sucio.

—Y fuera de razonamientos económicos y medioambientales, las minas son un poco como el ejército. ¿Por qué se gasta tanto en Defensa si no hay guerra? Pues para que no la haya, precisamente, y porque si no tienes ejército, las pérdidas que sufres el día que lo necesitas son insoportables. Con las minas pasa igual. Cerrar la minería porque no es rentable nos deja en manos de los proveedores exteriores, y si un día hay un jaleo en Argelia (cosa no del todo improbable), o una crisis internacional que dificulte nuestro acceso a los mercados, necesitaremos una fuente de energía propia, estratégica, que nos libre de la catástrofe. Dejar que se pierdan nuestras fuentes de energía es tan suicida como mandar a todos los militares a casa y confiar en que nunca va a haber necesidad de unas fuerzas armadas.  Ojalá no necesitemos nunca las menos rentables de nuestras minas, pero como las necesitemos y las hayamos dejado perder, vamos de cabeza.

—Por último, un razonamiento menos lógico y más conspirativo. Los mineros, históricamente, han sido uno de los grupos que con más fuerza, cohesión y energía han luchado por los derechos de los trabajadores. Los suyos, y los de los demás. ¿Qué tiene de raro, entonces, que en una época de crisis y recortes, se pretenda desactivar este foco de resistencia a nuevos ataques contra los trabajadores? Es duro decirlo, pero creo que cuantos menos mineros haya y más débil sea la minería, mejor duermen los apoltronados. Y se nota, si uno se fija de dónde vienen los ataques. Se nota.

Por todo esto, y pase lo que pase al fin con la minería, creo que nos conviene a todos defender el sector. Por planificación, por lógica, por memoria de lo que el sector minero luchó por los demás, y por evitar que una losa, una más, caiga sobre nuestra ya muy maltratada tierra.

O eso, o nos convierten en un parque temático, o en una reserva india.

 

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Deberíamos pedir que a Rajoy se le declare golpista

Todo dientes

Todo dientes

Ante la Unión Europea y ante cuantos foros fuesen necesarios, e independientemente de la ideología de cada cual, alguien debería tomar la iniciativa de solicitar que el Presidente del Gobierno en funciones sea declarado golpista si persiste en su intención de permanecer indefinidamente en funciones, soslayando la Constitución, la ley, y el más básico sentido común.

Un político que después de ganar unas elecciones, por dos veces consecutivas se niega a acudir a una sesión de investidura, a sabiendas de que eso alargará su permanencia en el cargo, con los resortes del poder disminuidos, pero aún en sus manos, no puede ser considerado de otro modo.

Si acudiese a la investidura y la ganase, sería el más legítimo de los presidentes. Si acudiese a la investidura y la perdiese, sería el más legítimo de los Presidentes en funciones, pero negarse a que corran los plazos para que sus nombrados a dedo, todos esos miles de cargos públicos que nombra el ejecutivo, sigan cobrando del erario público pero sin capacidad de decisión, es golpismo, malversación y casi una traición al país.

Porque la cosa va de eso, creo: prolongar y prolongar, sin presupuestos, sin legislativo, sin la mínima intención de hacer lo que no se hizo con mayoría absoluta, sin negociar con los demás partidos, y con el calendario a cero, para que el chollo no tenga final.

La cosa va de aburrir a los aburridos, asquear a los asqueados y pagar a los nombrados a índice. ¿O si no, por qué tantas ganas de impedir que el tiempo corra?

Si la definición de golpe de Estado es la obtención del poder por medios fuera de los previstos pro la ley, mucho me temo que nuestro Gobierno en funciones se acerca peligrosamente a esa línea.

 

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Pablo Iglesias debería entender la diferencia entre un rojo y un progre

3Porque ahí está el millón y pico de votos que perdió en las últimas elecciones.

Pablo Iglesias debería entender que el comunismo es kriptonita, y que todo el que se acerca a él acaba escaldado, sobre todo en unos tiempos en los que casi todo el mundo tiene una bici y cuando pide que se suban los impuestos a los ricos piensa que los ricos son los demás, los que ganan al menos cien euros más que él mismo.

De los votantes de IU, un 35% se declararon comunistas en las encuestas. De los votantes de Podemos, un 8,5% se declararon comunistas. ¿Y a nadie se le ocurrió pensar que tanto a unos como a otros les iba a parecer una ofensa inadmisible votar la otra opción?

El votante de Podemos, en general, es un tío progre, en una de sus muchas tipologías: funcionario que vive en un chalé, hijo pobre y desencantado de padres acomodados, profesional liberal, persona con estudios que cree en la justicia social, y cree de ocho a tres mientras calculo cuánto puntúa un curso de inglés para sordos en el próximo concurso de traslados. El votante de Podemos habla mal del capitalismo, y habla por un Iphone. Al votante de Podemos no le van los gulags ni los malos rollos.

El de IU no. Los de IU son rojos de verdad, en buena parte, y no progres. Al de IU no le importaría que le quitasen la bici (con tal de que al vecino le levantasen el coche, claro), ni tendría problema en mandar a fusilar a dos o tres mil enemigos políticos con tal de que le dejasen elegir personalmente a un par de ellos.

El votante de Podemos, en suma, pensaba en cómo vivir un poco mejor y que a los demás les fuese un poco mejor también, y de repente sospechó que a sus amigos los garzonianos lo que realmente les ponía a cien era cobrarse las revanchas de toda una eternidad haciendo en España el papel de tonto útil. Y los Podemitas desertaron. En masa.

Seguramente desertaron también algunos comunistas que no pensaban votar a un tío tan flojo como Iglesias, pero la deserción masiva, la que yo conozco, estuvo en el otro lado.

El problema vino de que un profesor de ciencias políticas no miró los detalles. Porque no, Pablo, no es lo mismo un fascista que un nazi. Ni de coña. No es lo mismo un progre que un rojo.

Espabila.

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