La nulidad de las elecciones plebiscitarias

brindis

Brindis al sol

Andan últimamente a vueltas con la posibilidad de que la independencia catalana se declare por la vía de unas elecciones plebiscitarias y creo que es el momento de analizar de cerca ese bicho, a ver cuántas patas tiene, y si salta o camina.

En primer lugar, hay que decir que unas elecciones plebiscitarias son aquellas en que al electorado se le pregunta sobre un tema y se considera vinculante su respuesta. De hecho, las diferencias entre plebiscito y referéndum son casi inexistentes.

La legislación española no permite elecciones plebiscitarias, al igual que la del resto de países occidentales. Las elecciones plebiscitarias, en general, son nulas por varias razones, además de la antedicha inexistencia de base jurídica:

-La decisión que se toma no tiene nada que ver con la pregunta que se hace. En el caso catalán, por ejemplo, supone preguntar al electorado qué partido político prefiere cuando en realidad se decide si se declara la independencia o no. Como cada partido ve la independencia de una manera distinta, y como en España está prohibido por la constitución el mandato imperativo (artículo 67), los diputados no pueden comprometerse a votar luego ese programa, ya que el acta de diputado es personal y no del Partido.

Convocar unas elecciones regionales y declarar la independencia es una maniobra tan golpista y marrullera como convocar unas elecciones municipales y declarar la República, aunque hoy en día esté muy feo decir tal cosa.  Viene a ser como pedir un baile y dar por hecho que te conceden un revolcón, hablando en otros términos.

- Las mayorías que se exigen no tienen nada que ver con las requeridas para un caso semejante. Cualquier referéndum de independencia exige mayoría cualificada, en unos casos de la mitad más uno de los votos y en otros de la mitad más uno de los censados, dependiendo de distintas circunstancias. En unas elecciones plebiscitarias bastaría con que los partidarios del SI obtuviesen mayoría absoluta, lo cual es posible con un 49% de los votantes, y aunque la participación sea del 50%, lo que arroja un 25% de los censados.

-El convocante no tiene derecho a tomar decisiones sobre un ámbito que no es el suyo. En mi comunidad de vecinos queremos cubrir las terrazas. Como el ayuntamiento no nos deja, en la siguiente asamblea nos declaramos independientes del ayuntamiento. ¿Tenemos esa clase de soberanía? Pues no. Ni aunque votemos por unanimidad. Pues eso mismo les sucede a los gobiernos regionales, que no tienen autoridad para convocar plebiscitos, y menos aún para tomar decisiones fuera de su competencia.

O dicho de otra manera: Si Artur Mas puede declarar la independencia, yo puedo dictar sentencias del Tribunal Supremo. Puestos a tomar resoluciones fuera de nuestras competencias, ¿qué diferencia hay?

El plebiscito, por tanto, es una opción tan legítima como los sanfermines, las fallas, y las competiciones de traineras. Como fiesta y folclore, está bien. Fuera de eso, y si se le quiere dar fuerza de ley, es una tomadura de pelo

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Pensáis como perdedores. Carta abierta de un comunista

Soy de izquierdas, como muchos de vosotros, y revolucionario, como decís serlo también muchos de vosotros. Trotskista, por más señas, si alguno sabe lo que realmente significa eso, o lo significó en su momento. Y lo cierto es que veo la deriva de la supuesta izquierda española y dais vergüenza: pensáis como perdedores. Toda vuestra militancia se resume en retirar símbolos franquistas, aplaudir a los que persiguen torturadores fascistas y, en general, escarbar en el pasado, como gallinas de corral que buscan gusanos en un montón de mierda.

Todo eso está muy bien en medio de la lucha, pero no después de ella. Atacando al que venció demostráis solamente resquemor por vuestra impotencia, cuando lo que la realidad exige es aprender de los que ganan, desear vencer, estudiar las razones por las que nos vencieron y enmendar nuestros errores.

Pensábais como perdedores ya durante aquella guerra y por eso hubo que eliminar a anarquistas y socialdemócratas, igual que hubo que combatirlos, con tanta y más saña que a los burgueses tras la revolución de Octubre. También a nosotros los trotskistas nos tocó el turno, es cierto, pero en el marco político de una lucha personal contra Stalin, y no por blandos, por fofos, por fríos, por apegados a la ética burguesa y cristiana del quién es el agresor, quién tiene la culpa, quién consiguió comprar más votos en unas elecciones que sabemos de sobra que no pueden ser limpias cuando todos los medios están de un sólo lado.

Olvidaos de una vez de la República. la República perdió porque no supo enfrentarse a los que sí sabían vencer y sí deseaban la victoria. ¿Qué es lo que deseáis? ¿Ser inmaculados o sacar adelante una verdadera revolución? ¿No os dais cuenta de que estáis en manos de los charlatanes que predican lo que es justo y lo que no, lo que es limpio y lo que no, lo que es ético y lo que no?

Escapáis de los curas para caer en manos de los blandos, de los viejos, de esos políticos seniles que pretenden ganar el futuro en los libros de historia y combatir en los cementerios. Maldecís a Franco como las viejas maldicen la lluvia: pensando en una cosa que viene de arriba y no se puede evitar. ¿Qué pretendéis?, ¿que los que le siguieron se avergüencen de su victoria? No seáis infantiles… ¡Aprended a vencerles y que se avergüencen de su derrota!

¿Acaso veis a los japoneses dando todo el día la murga porque lanzaron dos bombas atómicas sobre su población civil? En absoluto. Aprenden, trabajan, prosperan, y se sobreponen. Los que insisten en ello, curiosamente, son algunos de los que dicen ser de los nuestros, en teoría para atacar al imperialismo yankee, pero en realidad porque aman cualquier derrota, y la ensalzan, la cubren de flores, intentando así adornar la suya, aunque no sé muy bien si la pasada o la que prevén para el futuro.

No se puede hacer la revolución desde el victimismo. No podemos enseñar orgullo de clase a nuestros hijos desde el lloriqueo del perdedor. No podemos movilizar a los más jóvenes gritando “¡nos hicieron pupa!”. ¿Qué clase de gente pensáis que atraemos así?

Yo os lo diré: a los que aman a los perdedores porque son a su vez otros perdedores, a los que nos llevarán a una nueva derrota y una nueva esclavitud.

La única utilidad de mirar atrás es aprender de lo errores o tratar de repetir los aciertos. Lo demás, lo que estáis haciendo, es reaccionario, desmovilizador y a la postre criminal, porque sólo ayuda a fortalecer al adversario recordándole su condición de vencedor.

Con el corazón os lo digo: no necesitamos una pala para cavar más hondo en el pasado. Necesitamos un catalejo para mirar más adelante en el futuro.

 

Grabloben

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Gibraltar: mejor cierres intermitentes que un cierre definitivo de la verja

La verja

Todos pensamos que la afloración periódica de este tema es una cortina de humo para tapar las vergüenzas de ambos países, porque España está mal, no hay duda, pero Gran Bretaña, de unos años a esta parte, y con la libra devaluada a límites ridículos, empieza a lucir como un solar.

Aún así, y precisamente porque estas cosas concitan la atención internacional para saber quién manda y quién se agacha a por el jabón en la ducha, no se puede dejar de lado el asunto con un simple encogimiento de hombros.

Y cuando surge el tema, los españoles somos así de castizos: ante el conflicto con Gibraltar, lo que más a menudo se oye es que hay que cerrar la verja y que se vayan a hacer puñetas con su paraíso fiscal, su comercio de drogas, su contrabando de tabaco y sus demás y habituales marranadas.

Pero semejante proposición peca de simplista y corta de miras: un cierre unilateral de la verja generaría importantes oportunidades de negocio para los habitantes de Gibraltar, que podría dedicarse a la importación y posterior comercialización de infinidad de artículos que ahora proceden de España.

Si lo que de verdad pretendemos es causar molestias, de modo que dejen de comportarse como piratas y maleantes, no podemos abogar por soluciones simplonas. Si lo que de verdad queremos es que su actitud y sus cambalaches les duelan en el bolsillo, es mucho mejor un cierre intermitente de la verja, de modo que en algunas épocas haya una tremenda carestía de ciertos bienes y servicios, pero no durante el tiempo suficiente para establecer el autoabastecimiento, que nunca podría competir en precios y agilidad con lo llegado de España.

La mecánica es simple: si no lo compras fuera, no lo tienes cuando te cierre la frontera. Pero si lo compras fuera, te lo comes con patatas cuando la abra.

Lo mejor, por supuesto, es el acuerdo, pero ante la imposibilidad de acordar nada, quizás sea el momento de recordar con quién se habla y cual es el idioma que entiende. El de las bravatas y las armas no nos conviene. Probemos pues con el del dolor en el bolsillo.

Bolsillalgia, si os place.

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Escocia y Cataluña. El problema visto desde Polonia, Estonia, Letonia y Lituania.

Es un mapa electoral. Obsérvese la similitud con las viejas fronterasDe tanto como nos centramos en nuestro entorno más cercano y en discutir si la hipotética independencia de Escocia o Cataluña serían admitidas por nuestros vecinos más próximos, a menudo dejamos de lado los problemas verdaderamente graves, seguramente porque nos son desconocidos o nos resultan más difíciles de comprender.

No se trata, por tanto, de saber si países como Italia, Francia o Bélgica apoyarían la independencia de estas dos regiones, o de si España, Gran Bretaña, o alguno de los países mencionados utilizarían su derecho a veto para bloquear una posible entrada en la Unión Europea u otros foros. Italia tiene un problema similar con la Liga Norte, Francia cuenta con al menos tres frentes abiertos y Bélgica se mantiene unida a duras penas, pero en Occidente esas cosas se arreglan con unas cuantas negociaciones, un par de tratados comerciales y ya está.

El problema verdaderamente grave al que se enfrentan escoceses y catalanes está en el Este, muy al Este, y voy a tratar de explicarlo aprovechando que me lo explicó a mí de primera mano un profesor lituano.

El derecho a la autodeterminación se creó en principio para la descolonización, pero puede ser aplicable, o eso se pretende, para territorios que no se sienten conformes con su encaje en otros estados. Hasta ahí, todo normal.

La cuestión reside en que tras setenta años de Unión soviética, las tres repúblicas Bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), entre otras, sufrieron gravìsimos problemas de limpieza étnica, con pérdidas de población superiores al treinta por ciento. Esta población fue sustituida por rusos, unos rusos que llevan allí viviendo desde hace setenta años y que, sin embargo, siguen hablando ruso, sintiéndose rusos, y negándose a dejar de ser rusos, por lo que intentan a toda costa que las zonas de mayoría rusa abandonen las repúblicas bálticas para integrarse de nuevo en Rusia.

Estonia, Letonia y Lituania, por tanto, no pueden admitir en ningún caso y bajo ninguna circunstancia que se valide la opción de que un referéndum permita a un grupo de población abandonar un país, porque en ese caso la población rusa se organizaría para desgajarse de ellas e integrarse en Rusia, legitimando así la limpieza étnica de los años treinta. La posición de Estonia, Letonia y Lituania es tajante en este tema y no se arregla con unas pocas conversaciones y tratados, ya que afecta a su propia supervivencia.

El otro caso de oposición innegociable es el de Polonia. Buena parte del territorio polaco procede de grandes pedazos de tierra que se arrebataron a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, como Prusia Oriental y Silesia. Como además la constitución alemana sigue reconociendo a esos territorios el derecho a regresar a la República Federal, la posibilidad de que se marcharan de Polonia para regresar a Alemania mediante un referéndum es una amenaza demasiado grave para Polonia como para que admitan la validez de ningún referéndum que permita semejante cosa. Esto puede parecer lejano, pero basta echar un vistazo al resultado electoral polaco en 2010 para comprender que no es tan descabellado. Dejamos ese mapa como gráfico de cabecera de este artículo, y quien quiera que lo compare con el viejo mapa de Alemania antes de la guerra. Es fácil detectar un partrón bastante preocupante.

Por tanto, el mayor obstáculo al que se enfrentarían Cataluña y Escocia en Europa no serían España, Gran Bretaña u otras naciones occidentales. Lo peor sería la caja de los truenos que se abriría con ello. Una caja que casi todo el mundo prefiere mantener cerrada.

 

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¿Por qué se le sigue prestando a Grecia, sabiendo que no podrá pagar?

Exposición alemana a la deuda griega. Click para agrandar

Estamos ante uno de los mayores misterios de los tiempos presentes: si sabemos que Grecia es insolvente, que es ya incapaz de pagar la deuda acumulada en todos estos años, y que su contabilidad nacional parece más el ejército de Pancho Villa que un reflejo de la realidad, ¿por qué demonios se siguen desembolsando tramos de ayuda, de cantidades multimillonarias, que no harán más que agravar los problemas de quien los presta?

Los que buscan la respuesta en la solidaridad entre países de la Unión Europea, o en la inevitable interconexión de todas las economías se olvidan de que perder dinero, así, por las buenas, no es nunca ni un buen negocio ni base de sociedad alguna que se quiera hacer duradera.

Algunos países, como el nuestro, sí pueden moverse en ese sentido, tratando de sentar un precedente de “hoy por ti y mañana por mí” que nos permita, en el futuro, reclamar una ayuda similar, pero los que pagan, los que verdadera,ente ponen la pasta, están pensando en otra cosa.

Y se trata, nada menos, que de la exposición a la deuda griega de algunos países como Alemania.Seguir prestándole a Grecia es un truco para que mantenga la deuda, o la aumente, pero cambie los acreedores. O dicho de otro modo: para que deba lo mismo o más, pero se lo deba a otro.

Esa es la clave de la jugada: trasladar la deuda hacia los propios griegos o hacia los países más interesados en evitar la bancarrota.

El gráfico que ilustra este artículo es suficientemente explícito: Grecia debía a Alemania 45.000 millones de euros en 2009. Hoy sólo le debe alrededor de unos ridículos 5000 millones. ¿Han pagado los griegos la deuda? NO. Lo que ha sucedido es que al refinanciar y renegociar esa deuda, ahora se los deben a otro. Posiblemente a los propios ahorradores griegos, al FMI o a nosotros, que tenemos 25.000 millones en Grecia esperando a ser cobrados.

¿Cómo es posible que Grecia deba 5.000 millones a Alemania y 25.000 millones a España? Pues porque somos nosotros, más que Alemania, los que tenemos el máximo interés en que a Grecia se le siga prestando dinero, los alemanes lo saben, y lo aprovechan a su favor en las negociaciones.

A medida que la deuda griega se traslade a acreedores más lejanos, veremos cómo les cuesta menos perdonarla, ¡porque no la pierden ellos! A medida que los acreedores sean otros, empezaremos a escuchar con más frecuencia la palabra solidaridad.

La diferencia entre tener gobiernos competentes o incompetentes en la defensa de los intereses de su país nunca es cosa de cuatro duros…

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La castidad de la Bernarda

Venga ya, hombre...

Que no, que se pongan como se pongan no nos creemos los Presupuestos Generales del Estado para el año que viene. Que el pueblo puede ser idiota cuando piensa, pero no cuando olfatea, y hay demasiadas cosas que no cuelan porque suenan a gigantes y cabezudos con pasacalles de misa negra.
Rajoy evita el rescate no porque no nos interese y sea mejor buscar un mejor momento, sino porque un rescate significa, en realidad, que vendrán unos señores de fuera a mirar las cuentas. Y el Presidente está dispuesto a lo que sea, pasando por vender a su madre o a la nuestra, antes de permitir que nadie le mire las cuentas y vea la cantidad de mentiras y porquería que ocultamos bajo las alfombras.

Cuando se marchó Zapatero, las cuentas presentadas eran falsas y el déficit público pasó en pocos meses del 8,5 % anunciado a unas décimas por encima del 10 %. Y hablamos del porcentajes del PIB, o sea que hablamos de casi veninte mil millones de euros, o tres billones de las antiguas pesetas.

Después de ganar las elecciones, el PP cacareó esas mentiras a todo trapo, pero luego salieron las comunidades autónomas que gobernaban ellos mismos aportando más basura y más deuda a la contabilidad, hasta el momento presente en que se aprueban unos presupuestos en los que se dan por cumplidos los objetivos para 2012 (lo que es falso) y se mejoran las expectativas para el 2013, que es delirante.

Luego, por supuesto, la culpa de que España pierda credibilidad será de Artur Mas y sus payasadas independentistas. Pero lo cierto es que nadie nos cree porque cada vez mentimos más y peor: tuvieron que venir a hacer una auditoría externa de nuestros bancos porque les daban risa los informes del Banco de España, la CNMV y el Tribunal de Cuentas, nos bajan la nota crediticia porque nadie sabe cuánto gastan y cuánto deben las sanguijuelas autonómicas, y se mantienen en los presupuestos todos los gastos para pagar empresas de amigos y aliados mientras se recorta la inversión y se eluden reformas, como la del mercado de la energía, ese viejo atraco que no cesa.

No le demos vueltas. Zapatero era un inútil y Rajoy es un cobarde. Con semejantes mimbres, no podemos confiar en la castidad de la Bernarda. Tenemos demasiada experiencia como para ignorar que, cuando se habla de la Bernarda, no es la castidad lo que se espera.

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Andalucía y Valencia: la trágica semejanza de dos casos diferentes

Vieja alegoría del caciquismo

No se trata de ideologías, sino de la dura mecánica de los intereses inconfesables y los incentivos perversos: tanto Andalucía como Valencia llevan décadas gobernados por el mismo partido político, y a pesar de los constantes casos de corrupción, de los saqueos, de los dineros públicos empleados en cien malversaciones diferentes, a la hora de las elecciones los votantes sigue optando por continuar con los mismos gobiernos, como si le diese todo igual y alentasen la ampliación del mamoneo.

Y al fin y al cabo es o es lo que sucede: a una parte del electorado, muy amplia y cada vez mayor, le importa sólo el mantenimiento de sus relaciones con el poder, su clientelismo, el dinero gratis o con poco esfuerzo y las concesiones administrativas ganadas pongas lo que pongas en la plica del concurso.

Esta es la expresión máxima de la vieja doctrina del 51 % consistente en repartir todos los recursos disponibles entre el 51% de los votantes y no dar nada en absoluto al resto, de tal manera que los que reciben la parte del pastel te mantengan indefinidamente en el poder mientras los otros, simple y llanamente, pagan y revientan. Por eso, en los lugares donde se ha seguido esta doctrina, cuando un candidato recibía muchos más votos de este 51 % se le sustituía, puesto que se entendía que estaba creando un exceso de gente satisfecha, o lo que es lo mismo, estaba dándole algo a gente que no tenía por qué recibir nada en absoluto. O dicho de otro modo, porque estaba quitándoselo a los propios para dárselo a quien no debía.

Aquí no somos tan explícitos, pero la situación es la misma, repetida con dos corrientes políticas distintas y en dos regiones diferentes: las redes de clientelismo, de contratación a dedo, de favores debidos y licitaciones amañadas son más poderosas que el deseo de catarsis de una parte de la población, los que son neutrales, deseosos de ver que las instituciones funcionen con un poco de limpieza y transparencia.

Aquí nos hemos encontrado con que el cacique local, que se follaba a tu hija pero te daba tierras y trabajo, ha sido sustituido por una especie de aparato al que llaman democrático pero que viene a hacer poco más o menos lo mismo, con la agravante de que no puedes echarle siquiera la culpa, porque ahora se llama voluntad popular.

Para esto prefería al cacique: por lo menos podías agarrarlo un día y colgarlo de un pino.

 

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La izquierda deprimida se vuelve deprimente

El preso nº 9En general frecuento foros y blogs de izquierdas, no tanto por afinidad política, aunque la sienta muy a menudo, como por el hecho de que la mayoría de las páginas web y espacios conservadores son un pestiño infumable.

La derecha de este país, en general, es inculta y profundamente filistea, manteniendo a lo largo de los años el desprecio a la cultura y al pensamiento original una de sus señas de identidad.

La izquierda, en cambio, aunque sólo sea por la indomable voluntad de cobrar subvenciones y esquilmar las arcas públicas con libros, películas y documentales prepagados procura mantenerse un poco más tono, y es de agradecer.La pagas tú, sí, pero pagas pro algo…

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, y muy en especial desde la victoria de Rajoy en las urnas, observo que la izquierda ha caído en un estado depresivo en el que su discurso se despeña por los derroteros del insulto al votante medio, repitiendo de cien maneras distintas que los españoles son imbéciles, irresponsables o simplemente hijos de puta por votar a la derecha. En estas últimas fechas la izquierda mediática está cayendo en todos los síntomas de la depresión: falta de ideas, falta de voluntad., dejadez, desidia, abandono y un cierto tufo de intento de suicidio, demasiado visible en el enfrentamiento en Rubalcaba y Chacón para molestarme en buscar otros ejemplos.

Mientras la izquierda fue novedad, resistencia, combate y argumentación, valió la pena pagarle los cafés, las copas y los puros a sus titiriteros. Mientras la izquierda fue preocupación social, voluntad de igualdad y búsqueda de oportunidades, era más rentable pagar sus estafas que los trajes de Camps o los caprichos faraónicos de Aguirre y Gallardón. Pero por este camino de la descalificación fácil, de renegar de la democracia, de insultar al votante y de llorar por las esquinas, invocando a Franco o a cualquier otro espectro para acabar escupiendo bilis, resuilta que acaban resultando deprimentes.

Y esa es la única baza que no se pueden permitir jugar los izquierdistas: convertirse en más tristes, más casposos, más deprimentes que la derecha del registrador de la Propiedad y sus mariachis con sordina.

Pero llevan camino. ¿quién lo diría…?

 

 

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Somalia como ejemplo de paraíso neoliberal

Somalia

La escuela neoliberal, y su exagerado ejemplo literario de Ayn Rand, defienden la idea de que el Estado debe reducirse a su mínima expresión, llegando con el tiempo a desaparecer, ya que se trata de una superestructura que genera toda clase de incentivos perversos tendentes a fortalecerse y alimentarse a sí mismo, detrayendo recursos del verdadero sistema productivo para nutrir sus propios apetitos, incrementar su fuerza y perpetuar su dominio sobre los individuos.

En principio, y por nuestra lamentable experiencia, todos sabemos que hay algo de verdad en todo esto, pero se trata de una verdad parcial, semejante a afirmar que la democracia es un sistema lento, mediocre, que promueve las soluciones de compromiso en vez de las mejores y que conduce al poder a cobardes y mediocres. Si, vale, ¿pero hay una alternativa mejor?

Tanto en el caso de la democracia como en el del Estado, la respuesta, de momento, es negativa.

Para un neoliberal, los individuos son agentes suficientes para generar, mediante acuerdos tácitos o explícitos, las estructuras que se necesiten. Si uno tiene una fábrica y otros necesita el producto, ambos se pondrán d acuerdo para construir la carretera. El pago de esa carretera correrá a cargo de quienes transiten por ella, y la sanidad, por ejemplo, a cargo de quienes deseen usarla. Lo mismo sucede con la seguridad, pagada a escote pro quienes quieran evitar ser asaltados, y así sucesivamente con todos los productos y servicios, permitiendo que se desarrollen los necesarios y forzando a desaparecer a los inútiles.

Pero el caso es que eso mismo es lo que sucede en Somalia: el estado ha desaparecido y son los individuos los que tienen que buscarse la vida, pactando entre ellos para cubrir sus necesidades. No hay impuestos, no hay autoridades, no hay trabas al comercio ni al emprendimiento de actividad alguna. ¿Y qué sucede? Pues lo obvio, que nunca tienen en cuenta los neoliberales: que en ausencia de Estado, lo más barato es conseguir armas, y también lo más eficaz, porque las armas otorgan el mayor poder de negociación al menor coste. Aunque sea triste, el caso es que siguiendo la lógica neoliberal de intereses y costes, siempre sale más barato encañonar a una persona con un fusil que convencerla de algo, o que hacer que se interese por nuestro proyecto, o que pagarle un salario incluso.

El caso de Somalia ilustra perfectamente las consecuencias de un liberalismo a ultranza;: desaparición de las sinergias del automatismo social, violencia, señores de la guerra, desaparición de infraestructuras básicas, intento de aprovechar al máximo lo preexistente para no invertir en crear nada nuevo, inseguridad jurídica, inseguridad económica, y finalmente catástrofe económica y desastre humano.

El neoliberalismo funcionaría si no existiesen la codicia o la violencia, lo mismo que el comunismo funcionaría si no existiesen el oportunismo o la vagancia. Por tanto, estos dos sistemas hay que reservarlos para otra dimensión, o para otro bicho. Con humanos, no funcionan.

 

 P.S.:Como siempre que se habla de estas cosas aparece la odiosa comparación, advierto desde ya que no voy a hablar de Corea del Norte y las maravillas de los paraísos socialistas. Por mi parte, está sobradamente demostrado el tipo de estercolero al que lleva el comunismo, y soy un férreo partidario de la idea de que las porquerías no se compensan unas con otras, sino que simplemente se suman a la hora de destruir la vida de las personas.

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Bipartidismo y desesperanza

Resultados electorales 1886-1901. Alternancia y cachondeo

En este país no estudia historia ni dios, y así estamos como estamos. Bipartidismo tuvimos en España para dar y tomar durante todo el siglo XIX, cuando liberales y conservadores se turnaban en el poder con total alegría. ¿Y a qué llevó aquello? A subdesarrollo, caciquismo, ignorancia, oscuridad, atraso y desesperanza.

Haced memoria los que alguna vez habéis estudiado y pensad en aquellos gobiernos. Narváez, Espartero, Serrano, O´Donell, antes de que se impusiera verdaderamente el sistema de alternancia, y todos aquellos gobiernos del pucherazo que concedían amplias mayorías por turno, cada vez a uno de los partidos.

Os puede parecer de risa, pero el gráfico con el que ilustro este artículo son los resultados electorales en España entre 1886 y 1901. Las columnas blancas son los votos obtenidos por los liberales. Las columnas negras, los votos obtenidos por los conservadores. ¿Y no os parecen muy igualadas, siempre alternándose? Pues claro que sí, porque era un despelote, una burla contra el pueblo.

No voy a soltar un rollo sobre lo que fue la restauración borbónica. Si a alguien le apetece enterarse un poco, que eche un vistazo a este enlace

¿Y fuera de España?

Pues fuera de España, igual. Una de las razones, que casi nadie menciona, de que los nazis llegasen al poder en 1933 fue el desánimo de la población con los partidos tradicionales. Ante la inoperancia de conservadores y socialistas, la gente tuvo que elegir entre votar a los nazis y votar a los comunistas, y 1933 no era un buen año para la propaganda comunista, con lo estupendo que lo estaban pasando en Rusia con Stalin, así que la gente votó a Hitler pero no por gusto, sino por eliminación.

Y lo mismo sucedió en Austria al principio de la década pasada. Hace poco escribí un artículo en el que hablaba del sistema austriaco de protección por despido y comentaba que la gente no sabía a qué atenerse con el partido de Haider. Lo que dejamos a veces de lado es por qué llega ese partido a tener la fuerza que tiene. Y la respuesta es nuevamente un bipartidismo feroz, asfixiante y pseudodemocrático, con la agravante, además, de que en Austria conservadores y socialistas gobernaban en coalición para eliminar cualquier migaja de poder que pudiesen obtener los partidos minoritarios. Por tanto, no es  que los austriacos se volvieran majaras de pronto, o que les resucitara la vena nostálgica…. Lo que pasa es que estaban hasta los huevos. Así, sin paliativos.

¿Y qué nos está sucediendo aquí? Pues más o menos lo mismo. Que los líderes de los partidos son cada vez más viejos y cada vez más grises. ¿Cuántos años tiene Rubalcaba, cuántos Rajoy, y cuántos tenían Suárez, González, Aznar o Zapatero al llegar al poder? No los busquéis, que os lo cuento yo. Suárez, 45. González, 40. Aznar y Zapatero, 43.  Rubalcaba tiene 59 y Rajoy, 55. Y no se trata sólo de una cuestión biológica, sino de un anquilosamiento general de los aparatos de sus partidos, de un total menosprecio por una juventud que estudia pero no puede trabajar y que, por tanto, sólo está preparada de boquilla, pero ni siquiera se la admite en las escalas de mando de los partidos políticos.

Nuestro bipartidismo es eso: herrumbre, rigidez, artrosis… y puede que un poco de Alzheimer.

¡Menudo cuadro clínico!

 

 

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