La triste plaga de los edificios muertos

Vete a saber qué recibo dejaron de pagar...

Me lo contaba el otro día una amiga: cada vez hay más edificios muertos, con toda la tragedia que eso conlleva y la dificultad de solucionar un tema como ese, en el que se mezclan lo económico y social de manera inseparable.

¿Y que es un edificio muerto? Pues aquel en el que una parte sustancial de los vecinos, la mitad a veces, no puede pagar su cuota de la comunidad, con lo que no se puede pagar la calefacción, la señora de la limpieza, la revisión de los ascensores ni el seguro de la comunidad, entre otros servicios comunes. De hecho, en muchos casos ni siquiera se puede pagar ala administrador, o a un abogado que reclame estas cantidades, con lo que en poco tiempo todos, los que pueden pagar y los que no, se ven viviendo en un lugar difícilmente habitable, sin luz en la escalera, sin ascensor, sin calefacción y sin agua caliente.

Y lo pero de todo es que la solución pasa por presionar a tu vecino, que muchas veces es tu amigo. ¿Pero cómo le vas a presionar, si lo conoces de toda la vida y sabes que si no paga es porque no puede? ¿Cómo le vas a presionar si sabes que debe tres letras al banco y que está en las últimas?

Sin embargo, ya lo veis, nadie habla de esta tragedia: se habla de las personas desahuciadas y de los cholletes de los bancos, pero nadie conoce este infausto término medio donde todos, sin excepción,. pagan las consecuencias de los que compraron si poder, los que aprovechan para no pagar y los que han tenido un golpe de mala suerte, como quedarse ambos miembros de la familia en paro.

Ded estos pòlvos vendrán los lodos de los incendios al buscar calor de maneras alternativas, los robos, la inseguridad por la oscuridad en la escalera. Y lo que no imaginamos.

Por mi parte hago lo que puedo: ayudar a que se sepa.

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La diferencia entre bytes y ladrillos

¿Qué coño es eso de los bytes?

Cada vez que se discute por ahí sobre la legislación referente a la propiedad intelectual y surgen temas como la necesidad de pagar al que hace las cosas, la piratería, el derecho de copia, la cultura libre y demás, acaba apareciendo el argumento de que hay que tener en cuenta la diferencia entre bytes y ladrillos.

A mí, la verdad, esto me recuerda a los viejos tiempos, cuando los paisanos del pueblo nos decían que los estudiantes que éramos unos vagos, porque trabajar es cargar sacos, o cavar las patatas, o cortar leña, y no estar sentado todo el día delante de un libro como putos señoritos.

Se despreciaba entonces el trabajo intelectual por no considerarlo verdadero trabajo y se desprecia ahora la propiedad intelectual por no considerarla verdadera propiedad. Al final se trata de los mismos patanes con la boina a rosca, sólo que ahora van de progres y entonces iban de recios.

Lo cierto es que las diferencias existen, como existían entre el trabajo intelectual y el trabajo físico, pero no pueden servir para restar derechos a los trabajadores ni para saltarse el primer principio de una sociedad: retribuir a la gente por lo que hace.

Cuando el trabajo o el producto no se retribuye hablamos de robo o de esclavismo, y cuando se disfruta el trabajo de otro sin reconocerle a su autor ningún derecho sobre él se está haciendo lo mismo que las potencias colonizadoras hicieron en África durante siglos. Los medios de esta retribución pueden ser mucho y diversos, y nadie puede negar que hay que buscar fórmulas para implementarlos, evitando que los intermediarios se lleven la mejor tajada, pero al final hay que buscar la esencia de las cosas: que el que trabaje cobre y el que reciba, pague.

Me da igual si son las compañías proveedoras de internet o los usuarios los que tengan que pagar a los autores. Me da igual si se les paga vía gestión de derechos, por tarifa plana o el modo en el que se haga: lo que no considero admisible es que el que usuario reciba gratis el trabajo de potro, ya sea un libro, una película, los planos de un edificio o la fórmula de una vacuna.

Aunque lo contrario parezca muy progresista, muy social y muy guay, lo cierto es que el trabajo gratis abre la puerta a que la práctica se extienda a otras actividades y los de abajo acabemos viendo devaluados nuestros modos de vida. Primero no se paga por las fotos (pobres fotógrafos, son los que peor lo llevan y nadie los menciona), luego no se paga por los textos, luego no se paga por la música, y finalmente no se querrá pagar por nada que no sea cavar zanjas o descargar camiones.

Porque diferenciar  bytes de ladrillos no es más que una rama de la vieja mentalidad de bestia, la de aquel que nos llamaba maricones a los que preferíamos estudiar.

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