España y la cuestión de la memoria

Esta por lo menos viene con las especificaciones bien claritas...

En España, la única memoria que tiene un límite es la de Hacienda: cuatro o cinco años para la prescripción de todas las cuentas con el fisco, para poder tirar las facturas y los papeles y que nadie te pueda preguntar qué fue de aquel recibo o de aquel otro justificante.

Para el resto de asuntos nuestra memoria se alarga o se acorta según convenga, convirtiendo cualquier discusión en una batalla irracional y cualquier ofensa pasada en un intento de sacar tajada al vecino mediante una indemnización. Y el vecino, por supuesto, que nació hace treinta años y no sabe de qué puñetas le están hablando, se cabrea cuando le dicen que tiene que pagar no sé qué daños que sufrió no sé quien en la década de los cincuenta, porque los derechos de unos, inevitablemente, cargan de obligaciones a otros.

Si se tratase de un debate racional podríamos intentar hacer como Hacienda: poner un plazo, el que sea y decir que antes de eso hablamos de historia y a partir de eso hablamos de derecho. Si se tratara de pensar y vivir en sociedad como personas sensatas, delimitaríamos de algún modo la fecha última de cualquier agravio y daríamos por caducados los anteriores. Pero no se trata de eso ni hay sensatez posible.

Los mismos que exigieron memoria histórica para el franquismo dicen luego que hay que saber olvidar y perdonar por el bien de la convivencia cuando se habla de ETA. Los mismos que dicen que es mejor no remover el pasado y dejar a los muertos en paz, exigen justicia eterna en el drama terrorista. ¿A qué nos quedamos? ¿Cuántos años ponemos en una hipotética ley para que los que libran sus batallas en despachos y cementerios dejen de bucear en hemerotecas en busca de algo que les otorgue derecho a una subvención, o a un resarcimiento?

Ni lo sé ni creo que haya quien pueda contestar a esa pregunta. En un país donde aún viven miles de familias muy cómodamente porque su bisabuelo murió en Cuba y les concedieron un estanco, la tumba del bisabuelo no va a dejar de ser tan fácilmente una fuente de ingresos.

Cuando funciona el mecanismo de que hay que llorar para mamar, queda meridianamente claro que las lágrimas son un medio de vida.

Y las lágrimas, al contrario que los yogures del ministro, no caducan nunca.

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El olor de la desgracia

A los perros no les gusta la pesca...

Tiempo atrás me gustaba la caza, pero no tanto por lo que pudiera traer a casa como por el placer de recorrer el campo, con el perro, antes urbano, afilando las orejas mientras pega su nariz al suelo en busca de una pista que nunca ha olfateado pero  invoca en su ancestral archivo de cosas que sabe sin haber experimentado nunca.

A nosotros nos pasa algo parecido. Necesitamos el campo igual que las cabras, pero nos aventajan en que ellas lo saben a ciencia cierta y nosotros jugamos a ignorarlo.

Un buen día, pensé que la virtud que necesitaba cultivar no era la acción, sino más bien la paciencia, y como Blops, mi pobre perro, se frustraba  con mis constantes fallos al apretar el gatillo, decidí dejar el merodeo campestre a su buen criterio y comprarme una caña de pescar.

Para aprender a lanzar el anzuelo hacia donde yo quería, cosa que parece más fácil de lo que es, me empeñé en fijar objetivos en medio del río, hasta que logré cierta destreza. Entonces fue cuando en un lugar complicado, protegido por las ramas de un chopo casi anfibio, divisé un pequeño barco de papel.Nada más atractivo que un barquito de papel flotando en el remanso de un río, entre pequeños despojos de la naturaleza y el descuido, en brava lucha contra palitos desprendidos de los árboles y los sargazos de las hojas arrancadas por un otoño demasiado temprano.

Como siempre me sucede, traté de imaginar al niño que lo había arrojado al agua, metros o kilómetros atrás, y en cierto modo me sentí unido a él. Siempre he creído que hay un nexo invisible en los objetos esperando a unir a las personas, así que me pareció un buen reto capturar aquel barquito para llevármelo a casa. Sería mi primer pez.

Ni que decir tiene que tardé toda la tarde, que enredé el sedal hasta media docena de veces en las ramas y que tuve que improvisar una montaña de voluntad para no acercarme el barquichuelo con la caña cada vez que iba a desenredar la tanza. Pero un reto es un reto, y si vas a hacer deporte se supone que te gustan esa clase de pruebas.

Blops, fatigado ya de correr por entre los juncos y los matorrales volvió a mi lado, arriesgándose a que mi primer pez fuera su pobre pellejo, y allí se quedó, tratando de comprender qué diablos hacía frente al agua, cuando todo el mundo sabe que no hay conejos en el río.

Ya empezaba a oscurecer cuando en un golpe de fortuna conseguí enganchar el barquito. Lo celebré con un rugido de alegría y lo arrastré pacientemente hacia mí, con algunas hojas de chopo que se adhirieron al papel.Nada más tenerlo en mi mano me di cuenta de que en aquel barquito había algo raro. El papel era demasiado duro y los pliegues dejaban ver partes impresas que no me parecieron normales.

Sin pensar en que era mi primer pez, deshice el barco y me encontré con una esquela, con el anuncio del funeral de un hombre joven.También con las esquelas se pueden hacer barco de papel y lanzarlas al río, pero mi instinto, el mismo que al perro hacía recordar un olor que no conocía, me hizo pensar en una desgracia oculta, en algún crimen siniestro celebrado discretamente con esta esquela sobre el río.

Quien lanza una esquela al río no es alguien que llora por el muerto.

Aquel papel debería oler a humedad, pero olía a desgracia. Y no hay peor desgracia que la que se mantiene a flote, a la vista, aparentando inocencia.

Blops olfateó el papel y gimió. Pensaba lo mismo que yo.

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