Lecturas para candidatos que te desprecian

el-esclavo-y-la-princesa          No es un secreto para nadie que los candidatos de todos los partidos contratan asesores de imagen y toman clases de dicción y otras artes escenográficas a fin de convencer mejor al electorado. No es malo. No es malo en sí, o no sería catastrófico si el fin continuase siendo vender un programa, pero cuando los programas se desdibujan en favor de la imagen y las ideas van desapareciendo para convertirse en vaguedades del tipo “vamos a tratar de mejorar la situación de los parados y aumentar la rentabilidad de los empresarios”, sin decir cómo, ni a través de qué mecanismos van a lograr semejantes maravillas, uno se pregunta si el teatro no habrá pasado a ser un fin en sí mismo en lugar de un medio.

Dicen los que saben que esta nueva tendencia obedece a que el político debe dar en todo momento una imagen positiva de sí mismo y de su programa, y que la gente desconfía de todo aquello que no entiende. Por tanto, como es posible que cualquier idea esté al alcance de algunos, pero no de todos, hay que sustituirla por lo que esté al alcance del máximo número de potenciales votantes. O sea, lo primario, porque todo el mundo oye o ve, aunque no todo el mundo entiende.

Dicen también los entendidos que un buen discurso es aquel que cierra de antemano todas las objeciones y los razonamientos en contra, y que para ello no hay mejor sistema que construir un discurso absolutamente liso, sin relieve ni fisuras a los que puedan agarrarse los ganchos de las objeciones. O dicho de otro modo: para que no te lleven la contraria, lo mejor es decir cosas evidentes a las que nadie pueda oponerse.  Otra cosa sería si explicases tus procedimientos, pero, ¿quién te va a llevar la contraria si dices que quieres que los trabajadores vivan mejor y los empresarios ganen más? Ese es el truco: queremos paz, salud, trabajo y prosperidad para todos. Y que venga el guapo que se oponga.

Por tanto, tomen nota para no picar en semejante cebo: en los meses que vienen por delante vamos a escuchar montañas de obviedades, una tras otra, a las que no tendremos nada que decir. Nos bombardearán con sartas de tonterías, a veces a media voz, a veces a grito pelado, diciendo que el mundo tiene que ser un lugar mejor porque están trabajando en ello.

No nos dirán qué hacen ni cómo piensan lograrlo, pero lo repetirán una y otra vez, y muy convencidos.

¿Y saben por qué? Porque antes los políticos leían a Napoleón, a Julio César o a Maquiavelo para aprender de sus ideas o sus trucos. Ahora, en cambio, se han dado cuenta de que sólo necesitan leer el flautista de Hamelín.

Y les funciona.

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