Andalucía y Valencia: la trágica semejanza de dos casos diferentes

Vieja alegoría del caciquismo

No se trata de ideologías, sino de la dura mecánica de los intereses inconfesables y los incentivos perversos: tanto Andalucía como Valencia llevan décadas gobernados por el mismo partido político, y a pesar de los constantes casos de corrupción, de los saqueos, de los dineros públicos empleados en cien malversaciones diferentes, a la hora de las elecciones los votantes sigue optando por continuar con los mismos gobiernos, como si le diese todo igual y alentasen la ampliación del mamoneo.

Y al fin y al cabo es o es lo que sucede: a una parte del electorado, muy amplia y cada vez mayor, le importa sólo el mantenimiento de sus relaciones con el poder, su clientelismo, el dinero gratis o con poco esfuerzo y las concesiones administrativas ganadas pongas lo que pongas en la plica del concurso.

Esta es la expresión máxima de la vieja doctrina del 51 % consistente en repartir todos los recursos disponibles entre el 51% de los votantes y no dar nada en absoluto al resto, de tal manera que los que reciben la parte del pastel te mantengan indefinidamente en el poder mientras los otros, simple y llanamente, pagan y revientan. Por eso, en los lugares donde se ha seguido esta doctrina, cuando un candidato recibía muchos más votos de este 51 % se le sustituía, puesto que se entendía que estaba creando un exceso de gente satisfecha, o lo que es lo mismo, estaba dándole algo a gente que no tenía por qué recibir nada en absoluto. O dicho de otro modo, porque estaba quitándoselo a los propios para dárselo a quien no debía.

Aquí no somos tan explícitos, pero la situación es la misma, repetida con dos corrientes políticas distintas y en dos regiones diferentes: las redes de clientelismo, de contratación a dedo, de favores debidos y licitaciones amañadas son más poderosas que el deseo de catarsis de una parte de la población, los que son neutrales, deseosos de ver que las instituciones funcionen con un poco de limpieza y transparencia.

Aquí nos hemos encontrado con que el cacique local, que se follaba a tu hija pero te daba tierras y trabajo, ha sido sustituido por una especie de aparato al que llaman democrático pero que viene a hacer poco más o menos lo mismo, con la agravante de que no puedes echarle siquiera la culpa, porque ahora se llama voluntad popular.

Para esto prefería al cacique: por lo menos podías agarrarlo un día y colgarlo de un pino.

 

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Los embajadores del País de las Hostias

No arde un ministerio...

En todas las sociedades y en todas las épocas hay una inmensa mayoría de personas que lo único que desean es poder vivir tranquilamente, criar a sus hijos, casarse con la persona que quieren y vivir lo mejor posible.

Sin embargo, en todas las sociedades y épocas hay también personas que prefieren la violencia o no ven otra salida a ciertas situaciones, ya sea por su propio carácter o porque consideran que las protestas pacíficas no sirven para nada. Estos son los que yo llamo embajadores del País de las Hostias.

En España, últimamente, estamos asistiendo a un renacer de este grupo, amparado en la crisis económica, el descontento general, y la lógica impopularidad de los recortes que aprueba el Gobierno. Dicen luchar contra el sistema, peor en realidad, y es incontestable, queman la furgoneta del panadero y rompen el escaparate del bar de barrio. O dicen defender el orden y se dedcan a partiurle la cara a losd que más a mano tienen, proque buscar a los verdaderos violentos es molesto y peligroso.

Los hay, por tanto, en los dos grupos: entre los manifestantes y entre los policías, y en el fondo son iguales y prácticamente intercambiables, dependiendo del turno que tengan, el pie con el que se hayan levantado o de qué vaya la protesta.

La estrategia, en ambos lados, es clara:

-Por parte de los manifestantes violentos, no se trata de conseguir nada, pues saben de sobra que quemando contenedores no se consigue nada, sino de crear un ambiente en el que se genere una especie de estado de excepción que permita saqueos y actos vandálicos. Se trata sobre todo de cainismo, ajustes de cuentas, dar rienda suelta al placer de romper y destruir cosas y en algunos casos, muy extraños, fomentar un revuelta de más alcance que consiga generalizar el expolio de sus vecinos. Porque nonos engañemos: cuando hablan de repartir loa bienes d e los ricos se refieren al coche del vecino, que lo han visto aparcado y les gusta, y no al de Emilio Botín, que no lo han visto en su vida y saben que, en todo caso, no será para ellos, sino para el Presidente de su futuro Politburó.

-Por parte de la reacción a  estas protestas, se trata de imponerse. De marcar el territorio. De demostrar quién manda. De demostrar que la autoridad consiste en imponerse y no en razonar nada. La única idea que les pasa por la cabeza es “sacudir a esos cabrones” para que espabilen. Es un juego de perros mordiendo pro marcar un territorio y demostrra quién manda en la manada. Lo demás, no interesa. En algunos casos, unos pocos, lo que intentan es generar un estado de criminalización de las protestas en el que la reacción de los que quieren vivir tranquilos sea pedir más hostias, más dureza, más control policial y más represión.

La dialéctica de la violencia callejera, en general, repugna a esa mayoría de gente que quiere vivir en paz, salir con su pareja y criar a sus hijos, y cuando se extrema, acaba produciendo fascismo en vez de revolución.

Después del suficiente número de alborotos y de incendios, ya no es la policía la que reparte estopa, sino que sale el dueño del bar al que le rompieron el escaparate, y el panadero al que le quemaron la furgoneta, y salen con una barra de hierro, sus hijos, sus amigos, para demostrar quién es en realidad la mayoría y quién da en realidad todos los palos. Como sucedió en Londres.

Y cuando eso se generaliza, tenemos el Berlín de los años 30, porque los embajadores del País de las Hostias se sorprenden luego de que los obreros se hagan fascistas y acaban por buscar razones en extrañas conspiraciones que no pueden comprender.

Y es más simple que todo eso: la revolución es otra cosa. Las carreras son los Sanfermines y las fogatas son las Fallas. Dejarse manipular por los que quieren la revolución o el fascismo, tiran la piedra y se meten en la multitud, es no haber entendido nada.

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El olor de la desgracia

A los perros no les gusta la pesca...

Tiempo atrás me gustaba la caza, pero no tanto por lo que pudiera traer a casa como por el placer de recorrer el campo, con el perro, antes urbano, afilando las orejas mientras pega su nariz al suelo en busca de una pista que nunca ha olfateado pero  invoca en su ancestral archivo de cosas que sabe sin haber experimentado nunca.

A nosotros nos pasa algo parecido. Necesitamos el campo igual que las cabras, pero nos aventajan en que ellas lo saben a ciencia cierta y nosotros jugamos a ignorarlo.

Un buen día, pensé que la virtud que necesitaba cultivar no era la acción, sino más bien la paciencia, y como Blops, mi pobre perro, se frustraba  con mis constantes fallos al apretar el gatillo, decidí dejar el merodeo campestre a su buen criterio y comprarme una caña de pescar.

Para aprender a lanzar el anzuelo hacia donde yo quería, cosa que parece más fácil de lo que es, me empeñé en fijar objetivos en medio del río, hasta que logré cierta destreza. Entonces fue cuando en un lugar complicado, protegido por las ramas de un chopo casi anfibio, divisé un pequeño barco de papel.Nada más atractivo que un barquito de papel flotando en el remanso de un río, entre pequeños despojos de la naturaleza y el descuido, en brava lucha contra palitos desprendidos de los árboles y los sargazos de las hojas arrancadas por un otoño demasiado temprano.

Como siempre me sucede, traté de imaginar al niño que lo había arrojado al agua, metros o kilómetros atrás, y en cierto modo me sentí unido a él. Siempre he creído que hay un nexo invisible en los objetos esperando a unir a las personas, así que me pareció un buen reto capturar aquel barquito para llevármelo a casa. Sería mi primer pez.

Ni que decir tiene que tardé toda la tarde, que enredé el sedal hasta media docena de veces en las ramas y que tuve que improvisar una montaña de voluntad para no acercarme el barquichuelo con la caña cada vez que iba a desenredar la tanza. Pero un reto es un reto, y si vas a hacer deporte se supone que te gustan esa clase de pruebas.

Blops, fatigado ya de correr por entre los juncos y los matorrales volvió a mi lado, arriesgándose a que mi primer pez fuera su pobre pellejo, y allí se quedó, tratando de comprender qué diablos hacía frente al agua, cuando todo el mundo sabe que no hay conejos en el río.

Ya empezaba a oscurecer cuando en un golpe de fortuna conseguí enganchar el barquito. Lo celebré con un rugido de alegría y lo arrastré pacientemente hacia mí, con algunas hojas de chopo que se adhirieron al papel.Nada más tenerlo en mi mano me di cuenta de que en aquel barquito había algo raro. El papel era demasiado duro y los pliegues dejaban ver partes impresas que no me parecieron normales.

Sin pensar en que era mi primer pez, deshice el barco y me encontré con una esquela, con el anuncio del funeral de un hombre joven.También con las esquelas se pueden hacer barco de papel y lanzarlas al río, pero mi instinto, el mismo que al perro hacía recordar un olor que no conocía, me hizo pensar en una desgracia oculta, en algún crimen siniestro celebrado discretamente con esta esquela sobre el río.

Quien lanza una esquela al río no es alguien que llora por el muerto.

Aquel papel debería oler a humedad, pero olía a desgracia. Y no hay peor desgracia que la que se mantiene a flote, a la vista, aparentando inocencia.

Blops olfateó el papel y gimió. Pensaba lo mismo que yo.

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