Egipto y el bla, bla, bla. Lo que sucede realmente en ese país.

Revueltas

A los analistas políticos les encanta buscar causar dentro de su disciplina que expliquen todo lo que ven, y es normal, porque todo el mundo se siente más cómo moviéndose dentro del campo que conoce. Por esa misma razón, seguramente, los psicólogos están en contra de un cachete a tiempo y los cirujanos creen que es mejor operar que intoxicar el organismo con medicamentos raros.

En el caso de Egipto tenemos, en pocos años, a un dictador derrocado por una revolución callejera (entre otras cosas) el triunfo electoral de un partido islamista, una reforma constitucional que cercenaba derechos y acercaba el país al modelo teocrático y un nuevo golpe de estado, esta vez con el apoyo de grupos variopintos, desde los laicos a los salafistas (radicales islámicos aún más duros que los Hermanos musulmanes).

Así las cosas, es bastante fácil pensar que los egipcios se debaten en un enfrentamiento político que amenaza con fracturar la sociedad y bla, bla, bla. Es cierto, no me cabe duda, pero si analizamos lo que sucede realmente en el país comprobamos que hay otras cosas que seguramente han sido mucho más importantes en la repentina pérdida de estabilidad de un país que llevaba décadas de dictadura sin que a nadie pareciera importarle demasiado.

¿Facebook, Tweeter, redes sociales? Esta sería, por supuesto, la explicación de los que creen que el mundo se mueve a base de apretar botoncitos y que las revoluciones se hacen declarando que algo te gusta.

Para mí, como economista, la explicación está en los precios de los alimentos y, más precisamente, en el precio de los combustibles, subvencionados por el Gobierno.

Egipto se gasta el 22% de sus Presupuestos generales del Estado en subvencionar los combustibles. ¡el 22%! Eso, en España, equivaldría a todo lo que nos cuesta la sanidad y la educación juntas, y todavía sobraría dinero.

En Egipto, el precio de la gasolina es de 20 céntimos de euro el litro, y cualquier subida en este apartado provoca grandes reacciones de descontento, pero el caso es que en 2007 el barril de petróleo estaba por debajo de los 30 $ y hoy está por encima de 100 $, con lo que el esfuerzo presupuestario egipcio para mantener estas subvenciones se ha multiplicado por cuatro. Ningún país puede aguantar esta carga, y menos si su economía se basa en cosas como la agricultura o el turismo.

Tras la construcción de la presa de Assuan, se incrementó la producción de energía eléctrica, pero el país, tradicionalmente fertilizado por el Nilo, pasó a ser dependiente de los fertilizantes sintéticos. Y estos han multiplicado su precio por cuatro, debido al alza del precio del crudo.

En cuanto al turismo, el batacazo tiene una doble vertiente. O triple. Por un lado, desde los atentados de las Torres Gemelas se ha criminalizado al mundo árabe, reduciendo el atractivo de países como Egiptpo para los turistas occidentales. En segundo lugar, la crisis en los países europeos tampoco ha ayudado. Y finalmente, las revueltas de los últimos años, han acabado de rematar el asunto.

Si a esto añadimos la evolución demográfica y el aumento del precio de los alimentos, podemos comprobar que las causas políticas no son menores, pero se convierten en sólo un pretexto, mientras que la necesidad real, la carestía, aparece como la causa principal de las protestas.

¿Demografía?

Población de Egipto (estimación referida a 1 de julio de los respectivos años. Fuente: ONU):

Egypt demography.png
  • Año 1950= 20.400.000
  • Año 1960= 26.100.000
  • Año 1970= 33.300.000
  • Año 1980= 43.500.000
  • Año 1990= 52.700.000
  • Año 2000= 66.200.000
  • Año 2010= 80.000.000
¿Precio de los alimentos?
La verdadera utilidad de estos datos, creo yo, estriba en prever que ningún gobierno, del partido que sea, conseguirá mantener las subvenciones al combustible ni logrará que bajen los alimentos. Y así las cosas, ninguno tendrá paz.
Lo demás cuenta, pero menos.

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Esconder cocaína en un almacén universitario. Una historia vieja.

Una universidad cualquiera (no la del caso)

Los recientes acontecimientos de Valencia, y la negativa de la decana de la Facultad de Historia de esta Universidad a permitir la entrada de la policía, me traen a la memoria una vieja historia que no tiene que ver con las protestas, recalquemos esto, pero sí con el hecho de que la jurisdicción universitaria sea autónoma. Algo que en principio parece necesario pero da que pensar.

Hace cosa de diez años se quejaba un conocido, comisario de policía, de que en cierta Universidad no muy lejana, y en una Facultad también de Filosofía y Letras, se almacenaba cocaína para distribuirla luego desde allí. Lo peor de todo era la dificultad para conseguir la orden judicial para entrar en esos almacenes, habida cuenta de que se sospechaba que algunos profesores, o personal de la propia Universidad, estaban involucrados en el asunto.

El problema residía en que habiendo fundadas sospechas de que se estuviese cometiendo un delito se podía solicitar la orden judicial, pero como la Universidad funciona como todos sabemos que funciona, al pedir el permiso al rectorado la mercancía desaparecía como por arte de magia, imposibilitando así cualquier acción contra los camellos en cuestión.

Nunca llegué a saber cómo termino aquello, aunque lo más probable es que se obligase a la propia Universidad a interesarse por lo que se hacía en su recinto, y a interesarse de veras y activamente, me refiero, pero lo cierto es que existe un tremendo peligro a la hora de crear espacios autónomos e impunes, ya sea una Monarquía o una Universidad. A todos nos parece muy bien, en principio, que haya lugares que ejerzan de santuarios contra los abusos de poder, pero lo malo es que esos santuarios se pueden convertir en pudrideros (véanse los ejemplos anteriores) y terminar como califatos donde cada se refugie lo peor de cada casa.

Quizás esto se solventase si el responsable de esta autonomía lo fuese también a nivel penal. O dicho de otro modo, si el rey se responsabilizase de quienes usan la inmunidad de la casa real y si los rectores se responsabilizasen de todo lo que se hace en unos edificios que la policía no puede vigilar sin su permiso. Si el permiso lo tiene que dar él. el pato lo tiene que pagar también él.

Sin medias tintas ni pretextos del tipo “yo me enteré por la prensa”.

 

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