Empresa española suspende el desarrollo de un antitumoral que funcionaba pero sólo era útil para un tumor infrecuente

Chungo lo tienen los afectados por enfermedades raras...

Esta es la clase de noticias que me cabrean: Una bioteconológica española, Zeltia, estaba trabajando con un nuevo antitumoral para cáncer de esófago y descubrió que el nuevo medicamento tenía una actividad muy notable, pero en la fase II de los trabajos ha decidido suspender el desarrollo del fármaco, por ser útil sólo para un 1 % de los tumores de esófago. Para quien esté interesado en más detalles sobre el asunto, el nombre del fármaco es IRVALEC, así que lo ponéis en Google y los que tengáis la suerte de entender del tema, os informáis mejor de lo que puedo hacer yo.

En este caso, la reacción es comprensible porque se trata de una empresa pequeña que no puede permitirse de ninguna manera ese gasto sin recuperarlo luego, pero no dejo de preguntarme cuántos fármacos similares a este hay atascadaos en los archivos por curar solamente enfermedades raras o simplemente infrecuentes.

Zeltia, que posiblemente abarca ya más de lo que puede con sus medios humanos y financieros (antitumorales marinos, fármacos contra el Alzheimer etc.) ha tenido que dejar esto aparcado, pero ha informado de ello. ¿Y no hay nadie que quiera seguir adelante con el proyecto?, ¿no se gastan millonadas en las universidades en proyectos de investigación sin ningún resultado?,¿No es lo bastante interesante para que un Ministerio o una Universidad prosigan estos trabajos en uno de los centros que ya tienen abiertos? ¿No hay aquí una buena ocasión para gastar en algo realmente útil las subvenciones que a veces van al hoyo de la irrelevancia, la tontería o la simple incompetencia?

Por el lado de la iniciativa privada ya no me meto: cada cual invierte en lo que puede y quiere, pero de veras me cabrea que el sector público pase por alto estas cosas, las útiles pero no rentables a corto plazo, que es donde verdaderamente puede y debe enfocar su inversión en investigación.

Y sí, ya lo sé: deberían poner también dinero las empresas privadas, pero eso me parece ya confiar demasiado en la naturaleza humana y mi ingenuidad no llega para tanto.

Felicidades a los gallegos de Zeltia por lo que han encontrado y a ver si hay suerte, se forran con otra cosa, y siguen para delante con esto.

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El cambio en el rostro de los borrachos

Blues...

Vivo en una zona de paso: por aquí circulan por las noches lo que se van del Barrio Húmedo en dirección a sus casas, después de que hayan cerrado todos los bares.

Hasta hace unos años, este era un lugar de juerga, y una de mis preocupaciones consistía en cerrar bien las ventanas para que no me despertasen las hordas desaforadas con sus cánticos regionales. Y sí, lo propongo: el gobierno del Principado de Asturias debería hacer una campaña seia para que su himno oficial lo cantase de cuando en vez gente sobria.

Bromas aparte, el caso es que por aquí siguen pasando muchos borrachos, pero he observado algo que me preocupa: cada vez pasan a horas más tempranas y algo ha cambiado en su rostro. Ya no son aquellos borrachos que se tomaban la cogorza con alegría. Ya no son aquellos chavales que venían hasta el culo de vinos y cubatas, rumbo a sus pisos de estudiantes, para espantar la resaca y estudiar el puto análisis matemático.

Ahora veo cada vez a más borrachos de cierta edad, bien vestidos, con el traje ajado por el uso y las suelas carcomidas por paseos inútiles. Veo cada vez más hombres sin afeitar, entre los cuarenta y los cincuenta, con los ojos enrojecidos y la lengua trabucada por algo que no sólo es el alcohol.

Ahora, cuando veo a un hombre tambaleante, apoyándose en la verja de la catedral, o en las piedras ennegrecidas de la diputación, ya no pregunto tanto dónde habrá estado, sino de dónde habrá salido y a dónde no quiere regresar.

Cuando a las dos de la mañana apriete fuerte  la helada, muchos de ellos ya se habrán recogido a lugares igual de fríos, a silencios o a gritos, pero sin la carcajada del que quiso olvidarse de sí mismo por un rato para recobrarse después.

Nuestras ciudades se entristecen. El tópico de beber para olvidar regresa en su máxima vigencia con personas que no buscan, como hasta hace poco, el olvido existencial del que lo tiene todo y no sabe qué hacer con su vida, sino que llevan el la frente la mirada de los mil metros de los excombatientes derrotados.

Son los militantes de la desilusión, soldados del desencanto y del para qué. Son los “paraquéidistas” de esta nueva guerra que empezamos a ver perdida.

In vino veritas, decían los romanos. La verdad está en el vino. Lo malo es cuando la salida de emergencia acaba trazada en una botella.

Maldita sea.

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El olor de la desgracia

A los perros no les gusta la pesca...

Tiempo atrás me gustaba la caza, pero no tanto por lo que pudiera traer a casa como por el placer de recorrer el campo, con el perro, antes urbano, afilando las orejas mientras pega su nariz al suelo en busca de una pista que nunca ha olfateado pero  invoca en su ancestral archivo de cosas que sabe sin haber experimentado nunca.

A nosotros nos pasa algo parecido. Necesitamos el campo igual que las cabras, pero nos aventajan en que ellas lo saben a ciencia cierta y nosotros jugamos a ignorarlo.

Un buen día, pensé que la virtud que necesitaba cultivar no era la acción, sino más bien la paciencia, y como Blops, mi pobre perro, se frustraba  con mis constantes fallos al apretar el gatillo, decidí dejar el merodeo campestre a su buen criterio y comprarme una caña de pescar.

Para aprender a lanzar el anzuelo hacia donde yo quería, cosa que parece más fácil de lo que es, me empeñé en fijar objetivos en medio del río, hasta que logré cierta destreza. Entonces fue cuando en un lugar complicado, protegido por las ramas de un chopo casi anfibio, divisé un pequeño barco de papel.Nada más atractivo que un barquito de papel flotando en el remanso de un río, entre pequeños despojos de la naturaleza y el descuido, en brava lucha contra palitos desprendidos de los árboles y los sargazos de las hojas arrancadas por un otoño demasiado temprano.

Como siempre me sucede, traté de imaginar al niño que lo había arrojado al agua, metros o kilómetros atrás, y en cierto modo me sentí unido a él. Siempre he creído que hay un nexo invisible en los objetos esperando a unir a las personas, así que me pareció un buen reto capturar aquel barquito para llevármelo a casa. Sería mi primer pez.

Ni que decir tiene que tardé toda la tarde, que enredé el sedal hasta media docena de veces en las ramas y que tuve que improvisar una montaña de voluntad para no acercarme el barquichuelo con la caña cada vez que iba a desenredar la tanza. Pero un reto es un reto, y si vas a hacer deporte se supone que te gustan esa clase de pruebas.

Blops, fatigado ya de correr por entre los juncos y los matorrales volvió a mi lado, arriesgándose a que mi primer pez fuera su pobre pellejo, y allí se quedó, tratando de comprender qué diablos hacía frente al agua, cuando todo el mundo sabe que no hay conejos en el río.

Ya empezaba a oscurecer cuando en un golpe de fortuna conseguí enganchar el barquito. Lo celebré con un rugido de alegría y lo arrastré pacientemente hacia mí, con algunas hojas de chopo que se adhirieron al papel.Nada más tenerlo en mi mano me di cuenta de que en aquel barquito había algo raro. El papel era demasiado duro y los pliegues dejaban ver partes impresas que no me parecieron normales.

Sin pensar en que era mi primer pez, deshice el barco y me encontré con una esquela, con el anuncio del funeral de un hombre joven.También con las esquelas se pueden hacer barco de papel y lanzarlas al río, pero mi instinto, el mismo que al perro hacía recordar un olor que no conocía, me hizo pensar en una desgracia oculta, en algún crimen siniestro celebrado discretamente con esta esquela sobre el río.

Quien lanza una esquela al río no es alguien que llora por el muerto.

Aquel papel debería oler a humedad, pero olía a desgracia. Y no hay peor desgracia que la que se mantiene a flote, a la vista, aparentando inocencia.

Blops olfateó el papel y gimió. Pensaba lo mismo que yo.

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Bipartidismo y desesperanza

Resultados electorales 1886-1901. Alternancia y cachondeo

En este país no estudia historia ni dios, y así estamos como estamos. Bipartidismo tuvimos en España para dar y tomar durante todo el siglo XIX, cuando liberales y conservadores se turnaban en el poder con total alegría. ¿Y a qué llevó aquello? A subdesarrollo, caciquismo, ignorancia, oscuridad, atraso y desesperanza.

Haced memoria los que alguna vez habéis estudiado y pensad en aquellos gobiernos. Narváez, Espartero, Serrano, O´Donell, antes de que se impusiera verdaderamente el sistema de alternancia, y todos aquellos gobiernos del pucherazo que concedían amplias mayorías por turno, cada vez a uno de los partidos.

Os puede parecer de risa, pero el gráfico con el que ilustro este artículo son los resultados electorales en España entre 1886 y 1901. Las columnas blancas son los votos obtenidos por los liberales. Las columnas negras, los votos obtenidos por los conservadores. ¿Y no os parecen muy igualadas, siempre alternándose? Pues claro que sí, porque era un despelote, una burla contra el pueblo.

No voy a soltar un rollo sobre lo que fue la restauración borbónica. Si a alguien le apetece enterarse un poco, que eche un vistazo a este enlace

¿Y fuera de España?

Pues fuera de España, igual. Una de las razones, que casi nadie menciona, de que los nazis llegasen al poder en 1933 fue el desánimo de la población con los partidos tradicionales. Ante la inoperancia de conservadores y socialistas, la gente tuvo que elegir entre votar a los nazis y votar a los comunistas, y 1933 no era un buen año para la propaganda comunista, con lo estupendo que lo estaban pasando en Rusia con Stalin, así que la gente votó a Hitler pero no por gusto, sino por eliminación.

Y lo mismo sucedió en Austria al principio de la década pasada. Hace poco escribí un artículo en el que hablaba del sistema austriaco de protección por despido y comentaba que la gente no sabía a qué atenerse con el partido de Haider. Lo que dejamos a veces de lado es por qué llega ese partido a tener la fuerza que tiene. Y la respuesta es nuevamente un bipartidismo feroz, asfixiante y pseudodemocrático, con la agravante, además, de que en Austria conservadores y socialistas gobernaban en coalición para eliminar cualquier migaja de poder que pudiesen obtener los partidos minoritarios. Por tanto, no es  que los austriacos se volvieran majaras de pronto, o que les resucitara la vena nostálgica…. Lo que pasa es que estaban hasta los huevos. Así, sin paliativos.

¿Y qué nos está sucediendo aquí? Pues más o menos lo mismo. Que los líderes de los partidos son cada vez más viejos y cada vez más grises. ¿Cuántos años tiene Rubalcaba, cuántos Rajoy, y cuántos tenían Suárez, González, Aznar o Zapatero al llegar al poder? No los busquéis, que os lo cuento yo. Suárez, 45. González, 40. Aznar y Zapatero, 43.  Rubalcaba tiene 59 y Rajoy, 55. Y no se trata sólo de una cuestión biológica, sino de un anquilosamiento general de los aparatos de sus partidos, de un total menosprecio por una juventud que estudia pero no puede trabajar y que, por tanto, sólo está preparada de boquilla, pero ni siquiera se la admite en las escalas de mando de los partidos políticos.

Nuestro bipartidismo es eso: herrumbre, rigidez, artrosis… y puede que un poco de Alzheimer.

¡Menudo cuadro clínico!

 

 

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Demasiado guapa para estar pidiendo

Hospital de Regla, León.

Eso fue, ni más ni menos, lo que una vieja le dijo a una chica que pedía en las escaleras del Hospital de Regla, el pasado viernes, en la capital leonesa.

Y como siempre, lo que uno se pregunta al escuchar esta clase de frases, es qué era lo que la señora en cuestión le quería decir en realidad, porque a mí, por mucho que suene a piropo o a cordial conmiseración, no me la pegan con tan poco.Vosotros, lectores, seguramente lo interpretáis como yo y entendéis que le estaba sugiriendo hacerse puta. Lamento la crudeza, pero es que es lo que hay.

Vivimos en una sociedad en la que cada cual debe ofrecer a los demás lo mejor de sí mismo para salir adelante. Unos ofrecemos nuestro horario, otros ofrecen su inteligencia o su habilidad, y la muchacha aquella, de la que no puedo dar más detalles, salvo que efectivamente era bastante guapa, no podía estar pidiendo mientras pudiese ganarse la vida de cualquier otro modo.

El mínimo de ética parece haber desaparecido incluso en personas a las que, de oficio, considerábamos un tanto conservadoras en esta clase de asuntos. Que una anciana diga semejante cosa a una joven no sé muy bien si es una lección de la academia de la vida o un insulto encubierto.Lo que sí constituye, sin duda alguna, es un reflejo de la mecánica social en la que estamos inmersos, donde lo único que parece contar es la comercialización de las habilidades o ventajas de cada cual, sin otras consideraciones.

Quizás, como dijo un amigo, lo que la vieja quería decir era que con ese físico podía encontrar un buen marido y hacerse amada de casa, pero no suelo ser tan biempensante como para caer en algo así, y, al fin y al cabo, no distingo entre la prostitución reglada y la no reglada.

O quizás, añado yo, lo que quería verla era en una esquina cualquiera, ejerciendo el viejo oficio, para poder criticarla.

En todo caso, ya veis a dónde llegamos: a un mundo tan utilitarista donde la belleza no puede desperdiciarse en ruegos de caridad.

Manda carajo.

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