La otra rebelión

Blues…

Cuando creas que te has librado de la revolución de los hambrientos, nadie te librará de la revolución de los hartos.

Así de claro hablaban los hermanos Arkadi y Boris Strugatski en ciudad condenada, una de sus novelas más inquietantes… Y ya es decir, cuando se habla de estos dos.

La hora ha llegado: el sistema no se ve amenazado por hordas de pobres que toman las calles, rompiendo escaparates y asaltando supermercados. La democracia no se ve en peligro por masas proletarias que exigen sus derechos, ni por grupos de trabajadores mal pagados que convocan huelgas generales indefinidas. No hay nada de eso. Estamos ante la revolución de los tipos con sobrepeso, bien alimentados, con calefacción en casa y unas coberturas que jamás soñaron sus abuelos, votando a políticos que quieren acabar con esas coberturas, con esos derechos y con un contrato social en que todo el mundo se garantizaba unos mínimos.

Es la hora de los que nunca quisieron estudiar y ahora no pueden soportar que desaparezcan a toda velocidad los trabajos menos cualificados.Es la hora de la frustración de los que siguen siendo, en su interior, cazadores y recolectores, pero encuentran la comida en una estantería. Es el momento de las horas vacías y las fuerzas sin sentido, porque los pequeños problemas los cubre el Estado y los grandes quedan fuera de nuestro alcance, lo que hace inútiles casi todos nuestros esfuerzos. ¿Y qué pasa entonces con los que no tienen aficiones, ni han sido educados para el ocio? Que se frustran, se cabrean y arremeten contra lo que sea, en una especie de Club de la Lucha colectivo que lleva al poder a verdaderos energúmenos.

Los hambrientos, que siguen creciendo en número, probablemente vengan luego. Pero aún no. Es la hora de la revolución del Prozac, las curvies y los ombligos turgentes.

Y su furia es de temer.

 

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