Maneras de mentir (I) La enumeración interesada

No suelen ser tan inocentes como este...

Nos engañan tanto y tan a los bestia, que me ha parecido buena idea hacer un pequeño recorrido por los trucos que se emplean contra nosotros, tanto en política, como a nivel comercial, o en los medios de comunicación.

Muchos de estos trucos miserables los aprendí cuando era comercial y me dedicaba a vender cosas, así que espero que os sirvan de algo, aunque sólo sea para que no os tomen el pelo, o no más de lo saludable.

La enumeración interesada es un modo de forzar al receptor del mensaje, ya sea oyente, lector o espectador, a completar una frase incompleta, creando el nexo que uno dos partes independientes. Se usa a veces para evitar las demandas judiciales y se utilizaba para cachondearse de la censura, en los tiempos en que esta era explícita, y no tácirta, como ahora.

Un ejemplo:

Conozca la verdad. Vote a Manolo.

Manolo siempre fue un embustero y no se atreve a decir que él representa la verdad, pero por ese simple procedimiento  se permite poner en nuestras calles un cartel que le vincule con la verdad sin decirlo abiertamente.

Este sistema, que parece una tontería, puede ser mucho más refinado y de hecho es el que se emplea a la hora de elegir el orden en que se ofrecen las noticias en un informativo, de manera que el espectador o el oyente vincule unas con otras, aunque no se dé cuenta.

El mecanismo fue descrito por las escuelas psicológicas austriacas a mediados del siglo XX y desde entonces se emplea profusamente tanto en política como en medios de comunicación como en publicidad. A él se debe, por ejemplo, que algunas marcas se nieguen a salir en los cortes de las películas si en el minuto anterior ha habido algún acto muy violento o desagradable.

Los ejemplos son mulktitud, pero creo que con el burdo ejemplo ofrecido se entiende de sobra.

En psicología, y más en psicología de masas, el orden de los sumandos SI altera la suma.

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La diferencia entre bytes y ladrillos

¿Qué coño es eso de los bytes?

Cada vez que se discute por ahí sobre la legislación referente a la propiedad intelectual y surgen temas como la necesidad de pagar al que hace las cosas, la piratería, el derecho de copia, la cultura libre y demás, acaba apareciendo el argumento de que hay que tener en cuenta la diferencia entre bytes y ladrillos.

A mí, la verdad, esto me recuerda a los viejos tiempos, cuando los paisanos del pueblo nos decían que los estudiantes que éramos unos vagos, porque trabajar es cargar sacos, o cavar las patatas, o cortar leña, y no estar sentado todo el día delante de un libro como putos señoritos.

Se despreciaba entonces el trabajo intelectual por no considerarlo verdadero trabajo y se desprecia ahora la propiedad intelectual por no considerarla verdadera propiedad. Al final se trata de los mismos patanes con la boina a rosca, sólo que ahora van de progres y entonces iban de recios.

Lo cierto es que las diferencias existen, como existían entre el trabajo intelectual y el trabajo físico, pero no pueden servir para restar derechos a los trabajadores ni para saltarse el primer principio de una sociedad: retribuir a la gente por lo que hace.

Cuando el trabajo o el producto no se retribuye hablamos de robo o de esclavismo, y cuando se disfruta el trabajo de otro sin reconocerle a su autor ningún derecho sobre él se está haciendo lo mismo que las potencias colonizadoras hicieron en África durante siglos. Los medios de esta retribución pueden ser mucho y diversos, y nadie puede negar que hay que buscar fórmulas para implementarlos, evitando que los intermediarios se lleven la mejor tajada, pero al final hay que buscar la esencia de las cosas: que el que trabaje cobre y el que reciba, pague.

Me da igual si son las compañías proveedoras de internet o los usuarios los que tengan que pagar a los autores. Me da igual si se les paga vía gestión de derechos, por tarifa plana o el modo en el que se haga: lo que no considero admisible es que el que usuario reciba gratis el trabajo de potro, ya sea un libro, una película, los planos de un edificio o la fórmula de una vacuna.

Aunque lo contrario parezca muy progresista, muy social y muy guay, lo cierto es que el trabajo gratis abre la puerta a que la práctica se extienda a otras actividades y los de abajo acabemos viendo devaluados nuestros modos de vida. Primero no se paga por las fotos (pobres fotógrafos, son los que peor lo llevan y nadie los menciona), luego no se paga por los textos, luego no se paga por la música, y finalmente no se querrá pagar por nada que no sea cavar zanjas o descargar camiones.

Porque diferenciar  bytes de ladrillos no es más que una rama de la vieja mentalidad de bestia, la de aquel que nos llamaba maricones a los que preferíamos estudiar.

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