Escocia y Cataluña. El problema visto desde Polonia, Estonia, Letonia y Lituania.

Es un mapa electoral. Obsérvese la similitud con las viejas fronterasDe tanto como nos centramos en nuestro entorno más cercano y en discutir si la hipotética independencia de Escocia o Cataluña serían admitidas por nuestros vecinos más próximos, a menudo dejamos de lado los problemas verdaderamente graves, seguramente porque nos son desconocidos o nos resultan más difíciles de comprender.

No se trata, por tanto, de saber si países como Italia, Francia o Bélgica apoyarían la independencia de estas dos regiones, o de si España, Gran Bretaña, o alguno de los países mencionados utilizarían su derecho a veto para bloquear una posible entrada en la Unión Europea u otros foros. Italia tiene un problema similar con la Liga Norte, Francia cuenta con al menos tres frentes abiertos y Bélgica se mantiene unida a duras penas, pero en Occidente esas cosas se arreglan con unas cuantas negociaciones, un par de tratados comerciales y ya está.

El problema verdaderamente grave al que se enfrentan escoceses y catalanes está en el Este, muy al Este, y voy a tratar de explicarlo aprovechando que me lo explicó a mí de primera mano un profesor lituano.

El derecho a la autodeterminación se creó en principio para la descolonización, pero puede ser aplicable, o eso se pretende, para territorios que no se sienten conformes con su encaje en otros estados. Hasta ahí, todo normal.

La cuestión reside en que tras setenta años de Unión soviética, las tres repúblicas Bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), entre otras, sufrieron gravìsimos problemas de limpieza étnica, con pérdidas de población superiores al treinta por ciento. Esta población fue sustituida por rusos, unos rusos que llevan allí viviendo desde hace setenta años y que, sin embargo, siguen hablando ruso, sintiéndose rusos, y negándose a dejar de ser rusos, por lo que intentan a toda costa que las zonas de mayoría rusa abandonen las repúblicas bálticas para integrarse de nuevo en Rusia.

Estonia, Letonia y Lituania, por tanto, no pueden admitir en ningún caso y bajo ninguna circunstancia que se valide la opción de que un referéndum permita a un grupo de población abandonar un país, porque en ese caso la población rusa se organizaría para desgajarse de ellas e integrarse en Rusia, legitimando así la limpieza étnica de los años treinta. La posición de Estonia, Letonia y Lituania es tajante en este tema y no se arregla con unas pocas conversaciones y tratados, ya que afecta a su propia supervivencia.

El otro caso de oposición innegociable es el de Polonia. Buena parte del territorio polaco procede de grandes pedazos de tierra que se arrebataron a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, como Prusia Oriental y Silesia. Como además la constitución alemana sigue reconociendo a esos territorios el derecho a regresar a la República Federal, la posibilidad de que se marcharan de Polonia para regresar a Alemania mediante un referéndum es una amenaza demasiado grave para Polonia como para que admitan la validez de ningún referéndum que permita semejante cosa. Esto puede parecer lejano, pero basta echar un vistazo al resultado electoral polaco en 2010 para comprender que no es tan descabellado. Dejamos ese mapa como gráfico de cabecera de este artículo, y quien quiera que lo compare con el viejo mapa de Alemania antes de la guerra. Es fácil detectar un partrón bastante preocupante.

Por tanto, el mayor obstáculo al que se enfrentarían Cataluña y Escocia en Europa no serían España, Gran Bretaña u otras naciones occidentales. Lo peor sería la caja de los truenos que se abriría con ello. Una caja que casi todo el mundo prefiere mantener cerrada.

 

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Cuanto peor, peor (o cría cuervos y tendrás muchos)

Recién salida del río

A veces las conclusiones son tan obvias que, por más que nos esforcemos en darles la vuelta en busca de otro significado, no hay manera de conseguir superar la evidencia.

Hay últimamente por ahí un conjunto de gente que parece empeñada en convencernos de que cuanto peor vaya todo, mejor será al final. Son los militantes de la ruina, forofos de la crisis y amantes del tumulto, y se dividen en dos grupos bien diferenciados, al menos en teoría.

Por un lado están los que creen que a medida que las cosas empeoren la gente se volverá menos exigente y empezará a tragar con todo. Y puede que tengan razón, pero eso no incrementará sus beneficios,porque a medida que las cosas empeoren venderán menos, ganarán menos en cada venta y verán reaparecer las quejas de la pobreza, porque el que no tiene más que unos pocos euros para gastar se cuida muy mucho de que no le den gato por liebre. El capitalismo recalcitrante esperando que todo empeore es sólo una banda de idiotas que no conoce a sus trabajadores ni a sus clientes, y cuando cree que va a mejorar su posición, porque tiene algo, comparada con la de quienes tienen aún menos, se despeña a sí mismo por la senda de la pobreza, la ruina y elc ierre.

Por otro lado veo a los que creen que el empeoramiento de la situación es una puerta hacia la subversión y la revolución, que cambiará el marco económico y social del país. Buena parte de estos lo que quieren en realidad es poder quedarse gratis con tu casa, con tu moto y hasta con tu chica. La revolución, para ellos, consiste en romperle el escaparate al churrero y quemarle la furgoneta al panadero. Sin embargo, no parecen darse cuenta de que el empeoramiento de las condiciones de todos no va a resultar en ninguna mejoría, sino en purgas, cartillas de racionamiento y escasez diversa, porque buena parte de lo que consumimos viene de fuera, sobre todo la energia, y los que nos venden el petróleo no van a impresionarse un carajo por nuestras movidas sociales. La revolución que proponen conduce a la mugre, la agua  caliente que nos ale del grifo y al sindicalista convertido en comisario político, con capacidad para decidir quién vive y quién no. Y entonces, el churrero, el panadero, y todo el que quiere ducharse con agua caliente se hace fascista de pronto sin que ellos puedan comprenderlo.

Lo cierto, amigos, es que cuanto peor, peor. Lo cierto es que tenemos que buscar el modo de que las cosas vayan mejor, y de que se reparta mejor lo que se consiga. Hay ya demasiadas barajas rotas y demasiadas putas flotando en el río.

No hay sitio para más, de hecho…

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La triste plaga de los edificios muertos

Vete a saber qué recibo dejaron de pagar...

Me lo contaba el otro día una amiga: cada vez hay más edificios muertos, con toda la tragedia que eso conlleva y la dificultad de solucionar un tema como ese, en el que se mezclan lo económico y social de manera inseparable.

¿Y que es un edificio muerto? Pues aquel en el que una parte sustancial de los vecinos, la mitad a veces, no puede pagar su cuota de la comunidad, con lo que no se puede pagar la calefacción, la señora de la limpieza, la revisión de los ascensores ni el seguro de la comunidad, entre otros servicios comunes. De hecho, en muchos casos ni siquiera se puede pagar ala administrador, o a un abogado que reclame estas cantidades, con lo que en poco tiempo todos, los que pueden pagar y los que no, se ven viviendo en un lugar difícilmente habitable, sin luz en la escalera, sin ascensor, sin calefacción y sin agua caliente.

Y lo pero de todo es que la solución pasa por presionar a tu vecino, que muchas veces es tu amigo. ¿Pero cómo le vas a presionar, si lo conoces de toda la vida y sabes que si no paga es porque no puede? ¿Cómo le vas a presionar si sabes que debe tres letras al banco y que está en las últimas?

Sin embargo, ya lo veis, nadie habla de esta tragedia: se habla de las personas desahuciadas y de los cholletes de los bancos, pero nadie conoce este infausto término medio donde todos, sin excepción,. pagan las consecuencias de los que compraron si poder, los que aprovechan para no pagar y los que han tenido un golpe de mala suerte, como quedarse ambos miembros de la familia en paro.

Ded estos pòlvos vendrán los lodos de los incendios al buscar calor de maneras alternativas, los robos, la inseguridad por la oscuridad en la escalera. Y lo que no imaginamos.

Por mi parte hago lo que puedo: ayudar a que se sepa.

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Los embajadores del País de las Hostias

No arde un ministerio...

En todas las sociedades y en todas las épocas hay una inmensa mayoría de personas que lo único que desean es poder vivir tranquilamente, criar a sus hijos, casarse con la persona que quieren y vivir lo mejor posible.

Sin embargo, en todas las sociedades y épocas hay también personas que prefieren la violencia o no ven otra salida a ciertas situaciones, ya sea por su propio carácter o porque consideran que las protestas pacíficas no sirven para nada. Estos son los que yo llamo embajadores del País de las Hostias.

En España, últimamente, estamos asistiendo a un renacer de este grupo, amparado en la crisis económica, el descontento general, y la lógica impopularidad de los recortes que aprueba el Gobierno. Dicen luchar contra el sistema, peor en realidad, y es incontestable, queman la furgoneta del panadero y rompen el escaparate del bar de barrio. O dicen defender el orden y se dedcan a partiurle la cara a losd que más a mano tienen, proque buscar a los verdaderos violentos es molesto y peligroso.

Los hay, por tanto, en los dos grupos: entre los manifestantes y entre los policías, y en el fondo son iguales y prácticamente intercambiables, dependiendo del turno que tengan, el pie con el que se hayan levantado o de qué vaya la protesta.

La estrategia, en ambos lados, es clara:

-Por parte de los manifestantes violentos, no se trata de conseguir nada, pues saben de sobra que quemando contenedores no se consigue nada, sino de crear un ambiente en el que se genere una especie de estado de excepción que permita saqueos y actos vandálicos. Se trata sobre todo de cainismo, ajustes de cuentas, dar rienda suelta al placer de romper y destruir cosas y en algunos casos, muy extraños, fomentar un revuelta de más alcance que consiga generalizar el expolio de sus vecinos. Porque nonos engañemos: cuando hablan de repartir loa bienes d e los ricos se refieren al coche del vecino, que lo han visto aparcado y les gusta, y no al de Emilio Botín, que no lo han visto en su vida y saben que, en todo caso, no será para ellos, sino para el Presidente de su futuro Politburó.

-Por parte de la reacción a  estas protestas, se trata de imponerse. De marcar el territorio. De demostrar quién manda. De demostrar que la autoridad consiste en imponerse y no en razonar nada. La única idea que les pasa por la cabeza es “sacudir a esos cabrones” para que espabilen. Es un juego de perros mordiendo pro marcar un territorio y demostrra quién manda en la manada. Lo demás, no interesa. En algunos casos, unos pocos, lo que intentan es generar un estado de criminalización de las protestas en el que la reacción de los que quieren vivir tranquilos sea pedir más hostias, más dureza, más control policial y más represión.

La dialéctica de la violencia callejera, en general, repugna a esa mayoría de gente que quiere vivir en paz, salir con su pareja y criar a sus hijos, y cuando se extrema, acaba produciendo fascismo en vez de revolución.

Después del suficiente número de alborotos y de incendios, ya no es la policía la que reparte estopa, sino que sale el dueño del bar al que le rompieron el escaparate, y el panadero al que le quemaron la furgoneta, y salen con una barra de hierro, sus hijos, sus amigos, para demostrar quién es en realidad la mayoría y quién da en realidad todos los palos. Como sucedió en Londres.

Y cuando eso se generaliza, tenemos el Berlín de los años 30, porque los embajadores del País de las Hostias se sorprenden luego de que los obreros se hagan fascistas y acaban por buscar razones en extrañas conspiraciones que no pueden comprender.

Y es más simple que todo eso: la revolución es otra cosa. Las carreras son los Sanfermines y las fogatas son las Fallas. Dejarse manipular por los que quieren la revolución o el fascismo, tiran la piedra y se meten en la multitud, es no haber entendido nada.

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La tragedia de los niños adoptados y devueltos

Afortunadamente ya no existe este tipo de orfanatos...

A menudo se habla de la cantidad de animales abandonados que vemos por nuestras calles, perros sobre todo, y de cómo aumenta la incidencia de esta canallada en ciertas épocas del año, cuando no se puede llevar al perro de vacaciones, o cuando el animal, por haber crecido, deja de ser un juguete peludo para convertirse en una obligación para sus dueños.

Sin embargo, se habla muy poco, o casi nada, de la tragedia de los niños que son devueltos a las instituciones de acogida después de haber sido adoptados, y es un problema real y más frecuente de lo que parece.El silencio que cae sobre este fenómeno se debe a toda clase de intereses y también, hay que decirlo, a una especie de vergüenza a la hora de hablar sobre un tema tan doloroso y tan complejo.

Aunque hay toda clase de datos al respecto, y a veces resultan bastante heterogéneos, en España son devueltos entre un ocho y un doce por ciento de los niños que son recibidos en adopción o en acogida. La incidencia de este fenómeno es muy dispar, según la edad y circunstancias de los niños adoptados.

Según distintas instituciones de acogida, la máxima incidencia de las devoluciones se da en los niños que son adoptados con más de sis años, y la mínima, con los bebés de menos de un año. Los dos momentos críticos para las devoluciones de estos niños son los seis primeros meses después de la adopción y el momento en que cumplen trece años, o sea, en la adolescencia.

Las causas, por supuesto, son muy dispares, pero apuntamos tres que nos han transmitido:

-Falta de preparación de los padres adoptivos, que no tenían realmente claro lo que significaba adoptar un niño. El caso más típico es el de la mujer sola que quiere adoptar un niño y luego, cuando lo tiene, se siente incapaz de compatibilizar su horario y sus obligaciones laborales (o intereses personales) con la atención que este niño requiere.

-Incapacidad de los padres para asumir el pasado traumático del niño. Los niños, sobre todo a partir de cierta edad, traen consigo un pasado doloroso y a veces muy rtraumático, ya que proceden de familias desestructuradas o de verdaderas tragedias. Esto, a menudo, es muy difícil de comprender por los padres adoptivos, que quieren partir de cero sin llegara  interiorizar este fenómeno.

-El abandono psicológico. Se le llama a sí, de manera eufemística, al hartazgo, la falta de ganas, el haber cambiado de opinión, el haberse hartado del niño, la poca coincidencia entre lo que se esperaba y lo que obtuvieron de la paternidad y una serie de problemas de todo tipo entre los que se incluye, por supuesto, el hecho de que los padres tengan verdaderos problemas de pareja o personales, ya que la ruptura d elso matrimionios con hijos adoptados es una de las causas que concluye con cierta frecuencia en la devolución de estos niños.

Por último, y como curiosidad, para quién no lo sepa, hay que decir que en España el 80% de las adopciones son internacionales (procedentes especialmente de China y Suramérica), pero en los casos en que estos niños son devueltos, se hace cargo de ellos de todos modos el Estado Español o la administración pública correspondiente, sin que lleguen a devolverse nunca a su país de origen.

He hecho cuanto he podido para evitar el amarillismo fácil de la tragedia humana, pero en realidad quería escribir sobre eso.  Abandonar un perro es una canallada. Devolver un niño, un horror.

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Internet es una república socialista

El socialismo nunca llegó a calar en norteamérica.

A veces, para entender ciertos conflictos, hay que reducirlos al absurdo, como se hacía con las demostraciones matemáticas, y sólo así podemos comprender las causas más profundas que los originan.

La guerra abierta por los contenidos de internet tiene mucho que ver con la economía, los derechos de autor, la necesidad de retribuir a los que crean esos contenidos, el significado que cada cual le dé a la palabra libertad y a la palabra propiedad y muchos otros conceptos, a menudo escurridizos o poco consensuados en su definición.

Sin embargo, me parece a mí que la mejor manera de acercarse al problema es constatar la tremenda lucha ideológica que este medio ha suscitado. Porque al final las grandes luchas tienen carácter ideológico, como la campaña rusa, nuestra guerra civil o las guerras de religión.

El colectivismo, casi barrido del mapa en el mundo real, ha encontreado un nuevo nicho en el mundo virtual y se defiende desde este ámbito con uñas y dientes. Su idea es clara: el producto es de quien lo demanda y no de quien lo produce. El proletariado digital tiene todo el derecho a imponer su dictadura, e incluso a incautarse de los medios de producción en aras del bien colectivo. La única producción ética es aquella abierta, gratuita y para todos, en el que cada cual aporte según su capacidad y consuma según su necesidad.

Las fronteras desaparecen y sólo se mantiene la lucha de clases entre los distintos estamentos productivos, pero nunca entre grupos nacionales. El lucro individual es condenable y lo único que se puede aceptar es el enriquecimiento común, como sociedad.

Pura dialéctica marxista.

Por tanto, para mí está claro que internet se comporta como una república socialista y ese hecho, sobre todo, es lo que le crea enemigos entre los adversarios del socialismo. Y lo que le crea adeptos y defensores entre los partidarios del socialismo. Si se fijan en la distribución de los apoyos a una y otra actitud, la división ideológica está clara, aunque sus motivos sean diversos. O sus pretextos.

Por un lado tenemos a los que buscan razones para oponerse a la mecánica del intercambio de archivos, citando lo visible y lo invisible para apoyar sus tesis. Son, en general, los grupos conservadores más adeptos al capitalismo. Sus razones, al final, son lo de menos.

Por otro tenemos a los que defienden el libre funcionamiento de internet y su esencia cooperativa, con predominio de los deseos del que quiere consumir sobre los deseos del que quiere producir o lucrarse con lo que produce. Sus razones también son lo de menos, y coinciden, al milímetro, con el espectro político de izquierdas.

El enfrentamiento, por tanto, es estético e ideológico, aunque aparezca a menudo disfrazado por consideraciones éticas o económicas. Los partidarios del socialismo defenderán este estado con el mismo encono con el que lo atacarán sus detractores. Por eso no es de extrañar que EEUU lidere el ataque contra internet.

Quizás estemos ante el último coletazo de la guerra fría. O ante el primero de la siguiente…

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La izquierda deprimida se vuelve deprimente

El preso nº 9En general frecuento foros y blogs de izquierdas, no tanto por afinidad política, aunque la sienta muy a menudo, como por el hecho de que la mayoría de las páginas web y espacios conservadores son un pestiño infumable.

La derecha de este país, en general, es inculta y profundamente filistea, manteniendo a lo largo de los años el desprecio a la cultura y al pensamiento original una de sus señas de identidad.

La izquierda, en cambio, aunque sólo sea por la indomable voluntad de cobrar subvenciones y esquilmar las arcas públicas con libros, películas y documentales prepagados procura mantenerse un poco más tono, y es de agradecer.La pagas tú, sí, pero pagas pro algo…

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, y muy en especial desde la victoria de Rajoy en las urnas, observo que la izquierda ha caído en un estado depresivo en el que su discurso se despeña por los derroteros del insulto al votante medio, repitiendo de cien maneras distintas que los españoles son imbéciles, irresponsables o simplemente hijos de puta por votar a la derecha. En estas últimas fechas la izquierda mediática está cayendo en todos los síntomas de la depresión: falta de ideas, falta de voluntad., dejadez, desidia, abandono y un cierto tufo de intento de suicidio, demasiado visible en el enfrentamiento en Rubalcaba y Chacón para molestarme en buscar otros ejemplos.

Mientras la izquierda fue novedad, resistencia, combate y argumentación, valió la pena pagarle los cafés, las copas y los puros a sus titiriteros. Mientras la izquierda fue preocupación social, voluntad de igualdad y búsqueda de oportunidades, era más rentable pagar sus estafas que los trajes de Camps o los caprichos faraónicos de Aguirre y Gallardón. Pero por este camino de la descalificación fácil, de renegar de la democracia, de insultar al votante y de llorar por las esquinas, invocando a Franco o a cualquier otro espectro para acabar escupiendo bilis, resuilta que acaban resultando deprimentes.

Y esa es la única baza que no se pueden permitir jugar los izquierdistas: convertirse en más tristes, más casposos, más deprimentes que la derecha del registrador de la Propiedad y sus mariachis con sordina.

Pero llevan camino. ¿quién lo diría…?

 

 

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Por qué siempre hacen jefe al más tonto o al más vago

Vale por un ascenso

Quien lea el título puede pensar que voy a lanzarme a una disertación llorona, una más, sobre lo injusto que es el mundo y lo poco que se valora a las personas que trabajan y se esfuerzan. Pero no: lo que voy a tratar es de racionalizar el hecho de que en cualquier organización jerárquica, y en las condiciones de trabajo actuales, es NORMAL que se ascienda al más tonto o al más vago.

Partamos de dos premisas, que no tiene que ser necesariamente ciertas, pero que considero muy habituales:

– Para una producción constante, la cantidad de trabajo en una empresa es menguante, ya sea por las mejoras tecnológicas o por la experiencia que van adquiriendo los trabajadores, lo que los hace ser más productivos. La plantilla, sin embargo, no puede ser menguante al mismo ritmo.

-Si los trabajadores tiene cierto grado de experiencia y de habilidad, los jefes siguen siendo necesarios, pero no añaden gran cosa a un proceso productivo de sobra conocido por los trabajadores. De hecho, en las cooperativas no hay prácticamente jefes y como todo el mundo sabe lo que tiene que hacer, casi ni se nota. Hay sólo encargados o responsables de ciertos controles.

Con semejantes premisas,  poneos en el lugar del patrón. Se jubila un capataz, o se marcha a otra empresa, ¿Y a quién nombráis en su lugar? ¿Al mejor trabajador, que está sacando adelante la faena? ¿O nombraréis al que es un inútil y no está produciendo gran cosa?

Pues depende:

Debemos tener en cuenta que un trabajador produce X en el puesto 1 y va a producir Y en el puesto 2. Un ascenso tiene que suponer un beneficio para la empresa, así que cuanto más produjera el trabajado en el puesto 1, más pequeña es la X que restamos, y cuanto más vaya a producir en el puesto 2 mayor es la Y que sumamos. Es simple, pero resulta perverso. Y vamos a ver por qué:

-Si la empresa está correctamente gestionada, conoceréis las capacidades de cada trabajador y nombraréis de jefe al que sepáis que tiene mayor capacidad de liderazgo, para que sume más en el puesto 2. Pero en caso de igualdad, se elige  al que menos esté produciendo ahora, pues restaremos menos X..

-Si la empresa está mal gestionada, nombraréis como jefe al que menos reste al retirarlo de supuesto actual (al más inútil o al más vago), pues sabéis de sobra que un jefe nuevo no sumará gran cosa, y lo que tratáis de evitar es que reste.

Y ahí es donde voy con este artículo: en España se asciende normalmente al más inútil o al más vago porque una buena parte de las empresas españolas están pésimamente gestionadas y pésimamente planificadas. La baja productividad de los españoles no viene  de que se trabaje poco y mal (que algo habrá), sino de que la mayor parte de los empresarios no tienen ni la más remota idea de organización del trabajo y se limitan a mandar por el simple hecho de haber puesto el capital, sin darse cuenta de que el capital tiene derecho a los beneficios, pero debería contratar la gerencia a quien sepa desempeñarla.

O sea: que el patrón contrata a un soldador cuando necesita a un soldador, pero no contrata a un gerente profesional cuando necesita a un gerente, porque para eso él es el dueño y nadie va a mandar mejor que él.

¿Será que muchos se meten a empresarios más para engordar el ego que para ganar dinero? Pues sí. Y así nos va…

 

 

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La Hawala, ¿banca de inmigrantes o tapadera criminal?

La Hawala es una red económica informal...

Después de hablar de cómo veía un marroquí residente el Libia la vida en aquel país, y de lo que desean los inmigrantes al llegar a España, cierro hoy la serie de artículos nacidos de una charla con inmigrantes en un bar hablando de la Hawala.

Confieso que en mi vida había oído hablar de semejante cosa, y confieso también que tras investigarlo un poco más y preguntar a por la Hawala a algunas personas, me he quedado verdaderamente sorprendido de su alcance e implicaciones.

Pero en primer lugar, vamos a ver qué puñetas es eso de la Hawala:

Según nos cuenta la Wikipedia, la Hawala, también conocida como hundi es un término bancario árabe que significa transferencia de fondos. La palabra española AVAL procede de es este término.

Wikipedia, sin embargo, no nos explica cómo funciona, así que volveremos luego a ella, cuando hablemos de las impensables consecuencias de este sistema.

La Hawala se basa únicamente en el prestigio de una serie de hombres importantes y que avalan con su palabra y su nombre las operaciones. Se les llama Hawaladars. Y el funcionamiento del asunto, es mejor explicarlo con un ejemplo:

Cuando un inmigrante indio residente en Madrid quiere enviar mil euros a Calcuta, se dirige al Hawaladar de Madrid y le da el dinero y la dirección de su madre, por ejemplo. El Hawaladar de Madrid llama por teléfono al un Hawaladar de Calcuta y este, sin demora, le da la cantidad equivalente a mil euros a la madre del inmigrante indio.   Limpio, rápido, barato y absolutamente seguro.

Para el inmigrante, las ventajas está claras:

-Su madre tiene el dinero en pocas horas. Es casi impensable que el plazo sea mayor de 24 horas, porque estaría socialmente mal visto. (Según me dijeron, daría pie a dudar de la solvencia del Halawadar de Calcuta, y eso no lo permitiría él en ningún caso).

-No hay comisión de transferencia, salvo el favor que se le debe a ambos Hawaladares, o la pequeña cantidad que estos cobran algunas veces.

-No hay comisión de cambio de moneda.

-No hay que pagar sobornos no hay riesgo de que te roben: ya se ocupa el Hawaladar de Calcuta de que la madre reciba el dinero como es debido.

-No hay recibos, pruebas ni documentación de ningún tipo, ya sea de cara al fisco o a cualquier otro organismo.

Ahora viene la parte que más cuesta entender, o al menos la que más me costó a mí: ¿y qué pasa con los negocios entre los dos Hawaladars? Pues el de Madrid debe 1000 euros al de Calcuta, y se los paga en mercancías, por ejemplo, que simplemente le envía como regalo, o sin explicación alguna.

El Hawaladar de Calcuta tiene mil euros en Madrid y los puede gasta en loq ue quiera: en mandar a estudiar a un hijo, en pagar los estudios de alguien que viva en Calcuta y así se lo pida o en pedir que le envíen tres lavadoras. En lo que quiera, porque son suyos, y el Hawaladar de Madrid se los hará llegar en el modo que acuerden de modo que sea beneficioso para ambos.

Además del beneficio de las comisiones, que insisto en que son pequeñas, los Hawaladars obtiene toda una red de favores, eluden cualquier impuesto y pueden fginanciar de forma opaca cualquier tipo, cualquiera, de actividad que se propongan. Nadie dudará, por tanto, que el beneficio final esmuy grande.

Por ello, y ahí volvemos a Wikipedia, este sistema preocupa tanto a los gobiernos occidentales: porque además de ayudar a los inmigrantes, la Hawala es un magnífico sistema, invisible y casi indetectable, de financiar toda clase de actividades criminales, incluido el terrorismo, de blanqueo de dinero y de fraude fiscal.

Y es que, añado yo, lo que más molesta a un Gobierno es una red social en la que no puede entrar de ningún modo…

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Lo que más codician los inmigrantes al cruzar nuestra frontera

Anciano moro, obra de Horacio Obaya.

El otro día os contaba lo que hablé con un marroquí que había pasado varios años en Libia y cómo veía él la situación en aquel país cuando gobernaba Gadafi, pero de aquella conversación salieron más cosas.

Mus vive ahora en España, en un bario con fuerte presencia de inmigrantes, sobre todo magrebíes, y cuando hablé con él había otros hombres (ninguna mujer) en el bar donde nos encontramos. La conversación sobre Gadafi derivó en otras y acabamos hablando de qué es lo que buscan los inmigrantes cuando viene a España.

Las primeras respuestas fueron en broma y hablaron de las chicas, que aquí no se tapan tanto. Mi respuesta fue que eso se arreglaba destapando un poco las suyas, o dejándolas salir a la calle, y terminamos en risas porque no era momento de terminar en lágrimas.

Sin embargo, siguiendo ese mismo hilo, llegué a un par de conclusiones que nunca se me habían ocurrido. Porque resulta que lo que más codician la mayoría de inmigrantes africanos que vienen a España no es la libertad ni la prosperidad, sino otra cosa.

La mayoría de los que vienen viven bajo regímenes más o menos opresores, pero eso no parece preocuparles mucho. Mientras no sean gobiernos que prohíban la emigración, todo tiene fácil arreglo, a su ver. Y si no te quieres ir, basta con no meterte en política, una cosa que, aunque nos disguste pensarlo, tampoco le importa mayormente a la mayoría de la gente.

Todos los que viene, sin excepción, vienen a ganar dinero. Quieren mejorar su vida, y enviar dinero a casa, y tener mejores oportunidades, y propsrar, y tener algunas de las cosas que ven por televisión y que nunca conseguirían en su país. Es legítimo y es hasta positivo para todos, pero tampoco es eso lo que más despierta su codicia.

Lo que realmente les impulsa a cruzar el estrecho jugándose el pellejo, son los treinta años, ¡treinta años! de diferencia de esperanza de vida, porque en buena parte de los países del Norte de África ya se es viejo a los 45, muy viejo a los 55 y casi nadie, menos de un 1 % llega a los 70 años de edad.

Lo que más quieren es que no mueran sus mujeres en los partos, y que los operen si están enfermos, y que su vida pueda durar razonablemente setenta o setenta y cinco años, sin pensar que a los cincuenta ya tienes que dar gracias por lo que has vivido porque tienes un pie en la sepultura.

Yo me quedé espantado, pero lo comprobé y es cierto. Hay más o menos treinta años de diferencia en la esperanza de vida entre los dos lados del Mediterráneo. ¿Y sabéis lo que son treinta años? Una vida entera. Para el que cruza  y para los suyos, si consiguen el reagrupamiento.

Por eso se arriesgan a cruzar: porque juegan al doble o nada. Al triple o nada. Al quíntuple o nada. Y a medida que aumenta su familia allí, el riesgo vale cada vez más la pena.

Como me dijo uno, para evitar la inmigración descontrolada en Europa quizás valiese más la pena invertir allí en hospitales que en fábricas. Porque a la gente de allí, de veras, no le importa vivir con un poco menos con tal de poder vivir. Con tal de no ser ancianos a los cincuenta años.

 

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