La triste plaga de los edificios muertos

Vete a saber qué recibo dejaron de pagar...

Me lo contaba el otro día una amiga: cada vez hay más edificios muertos, con toda la tragedia que eso conlleva y la dificultad de solucionar un tema como ese, en el que se mezclan lo económico y social de manera inseparable.

¿Y que es un edificio muerto? Pues aquel en el que una parte sustancial de los vecinos, la mitad a veces, no puede pagar su cuota de la comunidad, con lo que no se puede pagar la calefacción, la señora de la limpieza, la revisión de los ascensores ni el seguro de la comunidad, entre otros servicios comunes. De hecho, en muchos casos ni siquiera se puede pagar ala administrador, o a un abogado que reclame estas cantidades, con lo que en poco tiempo todos, los que pueden pagar y los que no, se ven viviendo en un lugar difícilmente habitable, sin luz en la escalera, sin ascensor, sin calefacción y sin agua caliente.

Y lo pero de todo es que la solución pasa por presionar a tu vecino, que muchas veces es tu amigo. ¿Pero cómo le vas a presionar, si lo conoces de toda la vida y sabes que si no paga es porque no puede? ¿Cómo le vas a presionar si sabes que debe tres letras al banco y que está en las últimas?

Sin embargo, ya lo veis, nadie habla de esta tragedia: se habla de las personas desahuciadas y de los cholletes de los bancos, pero nadie conoce este infausto término medio donde todos, sin excepción,. pagan las consecuencias de los que compraron si poder, los que aprovechan para no pagar y los que han tenido un golpe de mala suerte, como quedarse ambos miembros de la familia en paro.

Ded estos pòlvos vendrán los lodos de los incendios al buscar calor de maneras alternativas, los robos, la inseguridad por la oscuridad en la escalera. Y lo que no imaginamos.

Por mi parte hago lo que puedo: ayudar a que se sepa.

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El olor de la desgracia

A los perros no les gusta la pesca...

Tiempo atrás me gustaba la caza, pero no tanto por lo que pudiera traer a casa como por el placer de recorrer el campo, con el perro, antes urbano, afilando las orejas mientras pega su nariz al suelo en busca de una pista que nunca ha olfateado pero  invoca en su ancestral archivo de cosas que sabe sin haber experimentado nunca.

A nosotros nos pasa algo parecido. Necesitamos el campo igual que las cabras, pero nos aventajan en que ellas lo saben a ciencia cierta y nosotros jugamos a ignorarlo.

Un buen día, pensé que la virtud que necesitaba cultivar no era la acción, sino más bien la paciencia, y como Blops, mi pobre perro, se frustraba  con mis constantes fallos al apretar el gatillo, decidí dejar el merodeo campestre a su buen criterio y comprarme una caña de pescar.

Para aprender a lanzar el anzuelo hacia donde yo quería, cosa que parece más fácil de lo que es, me empeñé en fijar objetivos en medio del río, hasta que logré cierta destreza. Entonces fue cuando en un lugar complicado, protegido por las ramas de un chopo casi anfibio, divisé un pequeño barco de papel.Nada más atractivo que un barquito de papel flotando en el remanso de un río, entre pequeños despojos de la naturaleza y el descuido, en brava lucha contra palitos desprendidos de los árboles y los sargazos de las hojas arrancadas por un otoño demasiado temprano.

Como siempre me sucede, traté de imaginar al niño que lo había arrojado al agua, metros o kilómetros atrás, y en cierto modo me sentí unido a él. Siempre he creído que hay un nexo invisible en los objetos esperando a unir a las personas, así que me pareció un buen reto capturar aquel barquito para llevármelo a casa. Sería mi primer pez.

Ni que decir tiene que tardé toda la tarde, que enredé el sedal hasta media docena de veces en las ramas y que tuve que improvisar una montaña de voluntad para no acercarme el barquichuelo con la caña cada vez que iba a desenredar la tanza. Pero un reto es un reto, y si vas a hacer deporte se supone que te gustan esa clase de pruebas.

Blops, fatigado ya de correr por entre los juncos y los matorrales volvió a mi lado, arriesgándose a que mi primer pez fuera su pobre pellejo, y allí se quedó, tratando de comprender qué diablos hacía frente al agua, cuando todo el mundo sabe que no hay conejos en el río.

Ya empezaba a oscurecer cuando en un golpe de fortuna conseguí enganchar el barquito. Lo celebré con un rugido de alegría y lo arrastré pacientemente hacia mí, con algunas hojas de chopo que se adhirieron al papel.Nada más tenerlo en mi mano me di cuenta de que en aquel barquito había algo raro. El papel era demasiado duro y los pliegues dejaban ver partes impresas que no me parecieron normales.

Sin pensar en que era mi primer pez, deshice el barco y me encontré con una esquela, con el anuncio del funeral de un hombre joven.También con las esquelas se pueden hacer barco de papel y lanzarlas al río, pero mi instinto, el mismo que al perro hacía recordar un olor que no conocía, me hizo pensar en una desgracia oculta, en algún crimen siniestro celebrado discretamente con esta esquela sobre el río.

Quien lanza una esquela al río no es alguien que llora por el muerto.

Aquel papel debería oler a humedad, pero olía a desgracia. Y no hay peor desgracia que la que se mantiene a flote, a la vista, aparentando inocencia.

Blops olfateó el papel y gimió. Pensaba lo mismo que yo.

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