Gibraltar: mejor cierres intermitentes que un cierre definitivo de la verja

La verja

Todos pensamos que la afloración periódica de este tema es una cortina de humo para tapar las vergüenzas de ambos países, porque España está mal, no hay duda, pero Gran Bretaña, de unos años a esta parte, y con la libra devaluada a límites ridículos, empieza a lucir como un solar.

Aún así, y precisamente porque estas cosas concitan la atención internacional para saber quién manda y quién se agacha a por el jabón en la ducha, no se puede dejar de lado el asunto con un simple encogimiento de hombros.

Y cuando surge el tema, los españoles somos así de castizos: ante el conflicto con Gibraltar, lo que más a menudo se oye es que hay que cerrar la verja y que se vayan a hacer puñetas con su paraíso fiscal, su comercio de drogas, su contrabando de tabaco y sus demás y habituales marranadas.

Pero semejante proposición peca de simplista y corta de miras: un cierre unilateral de la verja generaría importantes oportunidades de negocio para los habitantes de Gibraltar, que podría dedicarse a la importación y posterior comercialización de infinidad de artículos que ahora proceden de España.

Si lo que de verdad pretendemos es causar molestias, de modo que dejen de comportarse como piratas y maleantes, no podemos abogar por soluciones simplonas. Si lo que de verdad queremos es que su actitud y sus cambalaches les duelan en el bolsillo, es mucho mejor un cierre intermitente de la verja, de modo que en algunas épocas haya una tremenda carestía de ciertos bienes y servicios, pero no durante el tiempo suficiente para establecer el autoabastecimiento, que nunca podría competir en precios y agilidad con lo llegado de España.

La mecánica es simple: si no lo compras fuera, no lo tienes cuando te cierre la frontera. Pero si lo compras fuera, te lo comes con patatas cuando la abra.

Lo mejor, por supuesto, es el acuerdo, pero ante la imposibilidad de acordar nada, quizás sea el momento de recordar con quién se habla y cual es el idioma que entiende. El de las bravatas y las armas no nos conviene. Probemos pues con el del dolor en el bolsillo.

Bolsillalgia, si os place.

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El cambio en el rostro de los borrachos

Blues...

Vivo en una zona de paso: por aquí circulan por las noches lo que se van del Barrio Húmedo en dirección a sus casas, después de que hayan cerrado todos los bares.

Hasta hace unos años, este era un lugar de juerga, y una de mis preocupaciones consistía en cerrar bien las ventanas para que no me despertasen las hordas desaforadas con sus cánticos regionales. Y sí, lo propongo: el gobierno del Principado de Asturias debería hacer una campaña seia para que su himno oficial lo cantase de cuando en vez gente sobria.

Bromas aparte, el caso es que por aquí siguen pasando muchos borrachos, pero he observado algo que me preocupa: cada vez pasan a horas más tempranas y algo ha cambiado en su rostro. Ya no son aquellos borrachos que se tomaban la cogorza con alegría. Ya no son aquellos chavales que venían hasta el culo de vinos y cubatas, rumbo a sus pisos de estudiantes, para espantar la resaca y estudiar el puto análisis matemático.

Ahora veo cada vez a más borrachos de cierta edad, bien vestidos, con el traje ajado por el uso y las suelas carcomidas por paseos inútiles. Veo cada vez más hombres sin afeitar, entre los cuarenta y los cincuenta, con los ojos enrojecidos y la lengua trabucada por algo que no sólo es el alcohol.

Ahora, cuando veo a un hombre tambaleante, apoyándose en la verja de la catedral, o en las piedras ennegrecidas de la diputación, ya no pregunto tanto dónde habrá estado, sino de dónde habrá salido y a dónde no quiere regresar.

Cuando a las dos de la mañana apriete fuerte  la helada, muchos de ellos ya se habrán recogido a lugares igual de fríos, a silencios o a gritos, pero sin la carcajada del que quiso olvidarse de sí mismo por un rato para recobrarse después.

Nuestras ciudades se entristecen. El tópico de beber para olvidar regresa en su máxima vigencia con personas que no buscan, como hasta hace poco, el olvido existencial del que lo tiene todo y no sabe qué hacer con su vida, sino que llevan el la frente la mirada de los mil metros de los excombatientes derrotados.

Son los militantes de la desilusión, soldados del desencanto y del para qué. Son los “paraquéidistas” de esta nueva guerra que empezamos a ver perdida.

In vino veritas, decían los romanos. La verdad está en el vino. Lo malo es cuando la salida de emergencia acaba trazada en una botella.

Maldita sea.

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Demasiado guapa para estar pidiendo

Hospital de Regla, León.

Eso fue, ni más ni menos, lo que una vieja le dijo a una chica que pedía en las escaleras del Hospital de Regla, el pasado viernes, en la capital leonesa.

Y como siempre, lo que uno se pregunta al escuchar esta clase de frases, es qué era lo que la señora en cuestión le quería decir en realidad, porque a mí, por mucho que suene a piropo o a cordial conmiseración, no me la pegan con tan poco.Vosotros, lectores, seguramente lo interpretáis como yo y entendéis que le estaba sugiriendo hacerse puta. Lamento la crudeza, pero es que es lo que hay.

Vivimos en una sociedad en la que cada cual debe ofrecer a los demás lo mejor de sí mismo para salir adelante. Unos ofrecemos nuestro horario, otros ofrecen su inteligencia o su habilidad, y la muchacha aquella, de la que no puedo dar más detalles, salvo que efectivamente era bastante guapa, no podía estar pidiendo mientras pudiese ganarse la vida de cualquier otro modo.

El mínimo de ética parece haber desaparecido incluso en personas a las que, de oficio, considerábamos un tanto conservadoras en esta clase de asuntos. Que una anciana diga semejante cosa a una joven no sé muy bien si es una lección de la academia de la vida o un insulto encubierto.Lo que sí constituye, sin duda alguna, es un reflejo de la mecánica social en la que estamos inmersos, donde lo único que parece contar es la comercialización de las habilidades o ventajas de cada cual, sin otras consideraciones.

Quizás, como dijo un amigo, lo que la vieja quería decir era que con ese físico podía encontrar un buen marido y hacerse amada de casa, pero no suelo ser tan biempensante como para caer en algo así, y, al fin y al cabo, no distingo entre la prostitución reglada y la no reglada.

O quizás, añado yo, lo que quería verla era en una esquina cualquiera, ejerciendo el viejo oficio, para poder criticarla.

En todo caso, ya veis a dónde llegamos: a un mundo tan utilitarista donde la belleza no puede desperdiciarse en ruegos de caridad.

Manda carajo.

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