La debilidad de los revolucionarios

No dependía de la luz, ni de Facebook, ni de la cobertura del móbil, ni vivía en una ciudad de 5 millones de habitantes, donde la comida se acabaría en menos de una semana.

Cada vez veo más gente pro ahí con ganas de un estallido social, o preguntándose hasta dónde se podrá llegar antes de que se produzca, pero mucho me temo que a pesar de llamarse a sí mismos revolucionarios no han estudiado los hechos concretos ni se han enfrentado a los verdaderos desafíos que  exige una acción de este tipo.

No me voy a parar a discutir si semejante revolución es posible, deseable, o si tendrá un apoyo masivo en vez de quedarse en una simple quema de contenedores. Lo que sí sé es que las carreras por la calle no son la revolución: eso son los sanfermines. Y que las hogueras en las plazas no son la revolución: eso son las fallas. De oponerse al poder a base de hacer me gusta en Facebook, o retwitear una soflama, ya ni me molesto en hablar…

El hecho es que para una acción seria y coordinada son imprescindibles una serie de requisitos de los que carecen por completo los que suelen llamarse a sí mismos revolucionarios. Vamos a ellos:

-Una acción de esta envergadura contra el poder establecido requiere coordinación y estrategia. Para ello es necesario que haya una serie de dirigentes implicados y comprometidos con la causa. ¿Existen esos dirigentes? ¿O el carácter horizontal de los movimientos de protesta ha eliminado cualquier posibilidad de que surjan esos líderes? A mi juicio, todo lo más que se puede conseguir sin estrategia y liderazgo son tumultos y alborotos, pero ningún cambio duradero, como no sea a peor.

-En segundo lugar tenemos como obstáculo la disgregación ideológica. Mientras se trata sólo de protestar, a nadie le importa ir al lado de alguien que no cree en lo mismo que él. Por eso, en el 15M vimos en Sol a los cristianos de base junto con los anarquistas, los anarquistas con los comunistas, y todos con los hijos de familias bien que querían sentirse contestatarios por un rato, pero que tienen preparado un puesto de trabajo en la empresa familiar o un enchufe en una administración pública. Si las cosas se ponen serias de veras, es imposible creer que esa unidad se mantendrá, sobre todo en un escenario de lucha económica en que unos tratarán de arramblar con lo que puedan y otros de defender lo suyo, tal y como ha sucedido desde que el mundo es mundo. Por tanto, las fuerzas que supuestamente apoyarían una revolución son a día de hoy demasiado heterogéneas y eso las debilita hasta el extremo.

-En tercer lugar, hay que mencionar la lamentable organización de todos estos grupos, que piensan en cambiarlo todo pero cuentan, mentalmente, con que todo seguirá igual en el entreacto, sin que nadie les corte la luz, el agua, o la cobertura del móvil.. Esta debilidad es particularmente patética, pues no parecen darse cuenta de lo que sucedería si, llevada la situación al extremo, se cortaran en una tarde todos los teléfonos y todas las conexiones a internet, lo que es realmente fácil de hacer para el poder establecido. Buena parte de los que se consideran revolucionarios no tienen modo de contactar con sus correligionarios si no es mediante teléfono móvil, correo electrónico o ciertas páginas web. muchos no se conocen ni saben cómo localizarse físicamente sin esos medios tecnológicos que, insisto, se pueden eliminar o reducir drásticamente en cuestión de horas. Cualquier movimiento revolucionario lo tendría previsto y sabría cómo ponerle remedio, pero el hecho es que nadie o casi nadie en España sabría qué hacer ante semejante eventualidad. ¿Cómo se coordinarían las acciones? ¿Cuales serían los puntos de encuentro? A día de hoy, estas son preguntas sin respuesta, y los ejemplos que se ponen de los países árabes no son aplicables ni de lejos: allí hay líderes (islamistas), la población se concentra en pocas ciudades (con grandes desiertos entre ellas) y las relaciones personales son mucho más estrechas.

Así las cosas, los gobiernos, tanto el de España como el de Grecia o los de otros países europeos, respiran tranquilos, sabiendo que la estructura de la población, su dependencia de la tecnología y el individualismo son mayores obstáculos que cualquier fuerza que oponga el poder establecido. El mayor enemigo de cualquier conato de revolución son, a día de hoy, los que pretenden fomentarla.

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Somalia como ejemplo de paraíso neoliberal

Somalia

La escuela neoliberal, y su exagerado ejemplo literario de Ayn Rand, defienden la idea de que el Estado debe reducirse a su mínima expresión, llegando con el tiempo a desaparecer, ya que se trata de una superestructura que genera toda clase de incentivos perversos tendentes a fortalecerse y alimentarse a sí mismo, detrayendo recursos del verdadero sistema productivo para nutrir sus propios apetitos, incrementar su fuerza y perpetuar su dominio sobre los individuos.

En principio, y por nuestra lamentable experiencia, todos sabemos que hay algo de verdad en todo esto, pero se trata de una verdad parcial, semejante a afirmar que la democracia es un sistema lento, mediocre, que promueve las soluciones de compromiso en vez de las mejores y que conduce al poder a cobardes y mediocres. Si, vale, ¿pero hay una alternativa mejor?

Tanto en el caso de la democracia como en el del Estado, la respuesta, de momento, es negativa.

Para un neoliberal, los individuos son agentes suficientes para generar, mediante acuerdos tácitos o explícitos, las estructuras que se necesiten. Si uno tiene una fábrica y otros necesita el producto, ambos se pondrán d acuerdo para construir la carretera. El pago de esa carretera correrá a cargo de quienes transiten por ella, y la sanidad, por ejemplo, a cargo de quienes deseen usarla. Lo mismo sucede con la seguridad, pagada a escote pro quienes quieran evitar ser asaltados, y así sucesivamente con todos los productos y servicios, permitiendo que se desarrollen los necesarios y forzando a desaparecer a los inútiles.

Pero el caso es que eso mismo es lo que sucede en Somalia: el estado ha desaparecido y son los individuos los que tienen que buscarse la vida, pactando entre ellos para cubrir sus necesidades. No hay impuestos, no hay autoridades, no hay trabas al comercio ni al emprendimiento de actividad alguna. ¿Y qué sucede? Pues lo obvio, que nunca tienen en cuenta los neoliberales: que en ausencia de Estado, lo más barato es conseguir armas, y también lo más eficaz, porque las armas otorgan el mayor poder de negociación al menor coste. Aunque sea triste, el caso es que siguiendo la lógica neoliberal de intereses y costes, siempre sale más barato encañonar a una persona con un fusil que convencerla de algo, o que hacer que se interese por nuestro proyecto, o que pagarle un salario incluso.

El caso de Somalia ilustra perfectamente las consecuencias de un liberalismo a ultranza;: desaparición de las sinergias del automatismo social, violencia, señores de la guerra, desaparición de infraestructuras básicas, intento de aprovechar al máximo lo preexistente para no invertir en crear nada nuevo, inseguridad jurídica, inseguridad económica, y finalmente catástrofe económica y desastre humano.

El neoliberalismo funcionaría si no existiesen la codicia o la violencia, lo mismo que el comunismo funcionaría si no existiesen el oportunismo o la vagancia. Por tanto, estos dos sistemas hay que reservarlos para otra dimensión, o para otro bicho. Con humanos, no funcionan.

 

 P.S.:Como siempre que se habla de estas cosas aparece la odiosa comparación, advierto desde ya que no voy a hablar de Corea del Norte y las maravillas de los paraísos socialistas. Por mi parte, está sobradamente demostrado el tipo de estercolero al que lleva el comunismo, y soy un férreo partidario de la idea de que las porquerías no se compensan unas con otras, sino que simplemente se suman a la hora de destruir la vida de las personas.

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