Somalia como ejemplo de paraíso neoliberal

Somalia

La escuela neoliberal, y su exagerado ejemplo literario de Ayn Rand, defienden la idea de que el Estado debe reducirse a su mínima expresión, llegando con el tiempo a desaparecer, ya que se trata de una superestructura que genera toda clase de incentivos perversos tendentes a fortalecerse y alimentarse a sí mismo, detrayendo recursos del verdadero sistema productivo para nutrir sus propios apetitos, incrementar su fuerza y perpetuar su dominio sobre los individuos.

En principio, y por nuestra lamentable experiencia, todos sabemos que hay algo de verdad en todo esto, pero se trata de una verdad parcial, semejante a afirmar que la democracia es un sistema lento, mediocre, que promueve las soluciones de compromiso en vez de las mejores y que conduce al poder a cobardes y mediocres. Si, vale, ¿pero hay una alternativa mejor?

Tanto en el caso de la democracia como en el del Estado, la respuesta, de momento, es negativa.

Para un neoliberal, los individuos son agentes suficientes para generar, mediante acuerdos tácitos o explícitos, las estructuras que se necesiten. Si uno tiene una fábrica y otros necesita el producto, ambos se pondrán d acuerdo para construir la carretera. El pago de esa carretera correrá a cargo de quienes transiten por ella, y la sanidad, por ejemplo, a cargo de quienes deseen usarla. Lo mismo sucede con la seguridad, pagada a escote pro quienes quieran evitar ser asaltados, y así sucesivamente con todos los productos y servicios, permitiendo que se desarrollen los necesarios y forzando a desaparecer a los inútiles.

Pero el caso es que eso mismo es lo que sucede en Somalia: el estado ha desaparecido y son los individuos los que tienen que buscarse la vida, pactando entre ellos para cubrir sus necesidades. No hay impuestos, no hay autoridades, no hay trabas al comercio ni al emprendimiento de actividad alguna. ¿Y qué sucede? Pues lo obvio, que nunca tienen en cuenta los neoliberales: que en ausencia de Estado, lo más barato es conseguir armas, y también lo más eficaz, porque las armas otorgan el mayor poder de negociación al menor coste. Aunque sea triste, el caso es que siguiendo la lógica neoliberal de intereses y costes, siempre sale más barato encañonar a una persona con un fusil que convencerla de algo, o que hacer que se interese por nuestro proyecto, o que pagarle un salario incluso.

El caso de Somalia ilustra perfectamente las consecuencias de un liberalismo a ultranza;: desaparición de las sinergias del automatismo social, violencia, señores de la guerra, desaparición de infraestructuras básicas, intento de aprovechar al máximo lo preexistente para no invertir en crear nada nuevo, inseguridad jurídica, inseguridad económica, y finalmente catástrofe económica y desastre humano.

El neoliberalismo funcionaría si no existiesen la codicia o la violencia, lo mismo que el comunismo funcionaría si no existiesen el oportunismo o la vagancia. Por tanto, estos dos sistemas hay que reservarlos para otra dimensión, o para otro bicho. Con humanos, no funcionan.

 

 P.S.:Como siempre que se habla de estas cosas aparece la odiosa comparación, advierto desde ya que no voy a hablar de Corea del Norte y las maravillas de los paraísos socialistas. Por mi parte, está sobradamente demostrado el tipo de estercolero al que lleva el comunismo, y soy un férreo partidario de la idea de que las porquerías no se compensan unas con otras, sino que simplemente se suman a la hora de destruir la vida de las personas.

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Dar limosna a los ricos. Una propuesta social.

Una idea distinta...

Hoy quiero haceros una propuesta: ya que no basta quejarnos de su avaricia y señalarlos con el dedo, propongo que empecemos a enviar limosnas a los ricos. Sí, habéis leído bien: propongo que a los presidentes de las cajas de ahorros que han dilapidado nuestro dinero y ahora se quejan de su destino se le envíe a su casa o a su oficina una caja de quesitos, o un paquete de mondadientes.

Propongo que a sus señoras, las de los abrigos de pieles y el cuarto lifting les mandemos unas bragas de dos euros o un paquete de pañuelos de papel.

Propongo enviar lentejas a los políticos que, queramos o no, nos hacen tragar sus medidas de falso ahorro, su amiguismo, su impudicia a la hora de gastar dinero público en favores políticos y forraje pare el pesebre.

Propongo enviar botellas de aceite de girasol a los famosos bufetes de abogados que engrasan la impunidad.

Propongo enviar botes de leche condensada a los medios de comunicación que callan por miedo a que les retiren la publicidad institucional si mencionan lo que no interesa al partido del gobierno, de cualquier gobierno, local, regional o nacional.

Propongo enviar latas de sardinas a los que nos metieron en el problema de la vivienda, a los que recalificaron los terrenos, promovieron las urbanizaciones y a los que vendieron hipotecas sobre plano en polígonos hoy medio desiertos, entristecidos de soledad.

¿Os parece absurdo? No lo creáis. Si la idea se extiende, salimos hasta en la CNN. ¡Ya lo veréis!

 

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